¿Qué pasa con la noción de embajador cultural en tierra mexiquense?

Por: Lilián Arzate

Recientemente me crucé con un documental que sumerge a los espectadores en los rasgos que dan vida a la capital de Portugal, Lisboa. Se trata de una producción espléndida que, en su quehacer, enaltece algunos aspectos esenciales de la ciudad: la luz emitida por el reflejo del sol en los remotos azulejos de Lisboa, la magia gastronómica nacida de una vida portuaria y hasta los exquisitos sonidos del  fado portugués. En tal, se muestran las distintas labores que los propios lisbonenses realizan para mantener con vida el patrimonio cultural de dicha ciudad.

En este recorrido cultural, me encontré con un concepto que atrajo mi atención: el del embajador cultural. Sucede que dicha producción se concentra en dignificar la labor del embajador cultural para que una ciudad como Lisboa conserve su esencia a través del tiempo y que dicha tarea sea, de hecho, la más importante para que toda ciudad, con un valor cultural trascendental, se preserve activa en tal aspecto para las generaciones venideras.

De lo anterior, me inquietó la idea de: ciudad con valor cultural. Y es que, ¿qué ciudad no tiene ya, desde su fundación, dicho valor? Es decir, toda ciudad o comunidad, por pequeña que ésta sea, ya sólo por existir, tiene un valor cultural indudable puesto que la cultura nace paralelamente al origen de toda sociedad ¿Por qué? Porque la cultura es todo aquello que se entreteje en el desarrollo de toda sociedad: los modos de vida, las costumbres y tradiciones, las creencias, las manifestaciones artísticas, las estructuras políticas y económicas, los conocimientos generados, las construcciones, los bienes generados, etc. Con lo anterior, puedo afirmar entonces que no hay ciudad que no tenga un valor cultural, que no sea, de hecho, patrimonio cultural. Pero tengo que aclarar que no pongo en duda el hecho de que unas tienen un valor añadido, un valor cultural que trasciende las fronteras de lo local por sus propias circunstancias históricas. No obstante, me niego a creer que las pequeñas ciudades no sean parte de un legado común y que, por ello, no sean preservadas con una delicadeza que imite a la de las grandes ciudades patrimonio.

El Oro, Estado de México

Entonces, en este punto de mi reflexión, sólo puedo pensar en la situación de mi entorno. Es decir, ¿qué sucede con esta labor del embajador cultural en tierra mexiquense? Y claro, para poder entrar un poco a resolver este cuestionamiento que he lanzado, estoy obligada a definir dicho concepto. Bien, un embajador cultural no es más que un representante de todo lo que define a la noción de cultura, se trata de un mediador cuya tarea es mantener con vida los bienes heredados, el patrimonio que es común a una colectividad determinada. Tales bienes abarcan tanto lo material como lo inmaterial. De hecho, no hay patrimonio cultural que sea puramente tangible o intangible. No, ciertamente ambas cualidades son inminentes a un bien cultural. Pero, ¿quién puede ser un embajador cultural? Yo me atrevo a decir que esa tarea debería competer a todos los ciudadanos. Y lo que percibo en nuestro estado, el Estado de México, es un desconocimiento generalizado de tal noción, por lo tanto hay ausencia de dicha tarea.

Es bastante común escuchar, de los propios mexiquenses, que vivimos en un territorio con poca cultura, o en uno que brilla por la falta de un legado valioso, al ser comparado con el de otros estados mexicanos. También, es habitual la creencia de que para que una ciudad sea estimada por su riqueza cultural tiene que contar con un pasado histórico que destaque. Tras lo anterior, lo que percibo es un evidente desdén, de los ciudadanos mexiquenses, hacia nuestro entorno inmediato, aun con la débil labor que nuestros gobernantes hacen para levantar la imagen cultural mexiquense.

Volviendo al referente que motivó estas líneas, podría arrojar una serie de comparaciones entre la actitud de los lisbonenses frente a su legado y la de los mexiquenses frente al suyo. Por supuesto, la comparación sería absurda, por ello sólo pretendo evidenciar la falta de compromiso, que hemos heredado los ciudadanos mexiquenses, con lo que es nuestro, nuestra cultura, por pequeña que ésta sea, al ser comparada con otras. Sucede entonces que, para que un país, una ciudad o un pueblo sea reconocido más allá de sus límites, no se trata de cuánto abarca su acervo cultural, sino de qué tan preocupados están sus propios ciudadanos para preservar dicho legado. En el Estado de México, esa preocupación vive en apenas un puñado de ciudadanos realmente entregados a rescatar y enaltecer lo propio. No obstante, esa labor es de todos y mientras predomine la indiferencia, el desprecio y la constante necedad de comparar nuestro patrimonio con el de las grandes ciudades, no saldremos del vacío cultural en el que creemos vivir.

La tarea del embajador cultural no es individual, requiere de un trabajo colaborativo entre todas las disciplinas humanas. Así, para preservar exitosamente un patrimonio cultural hace falta la noción de multidisciplinariedad, saber que dicha labor no es responsabilidad exclusiva de un sector oficial encargado de tal, sino de cada uno de los habitantes de una comunidad. Y ese quehacer comienza en las actividades más pequeñas. Desde los oficios históricos de una ciudad, hasta las nuevas profesiones que, puestas en práctica, podrían aportar al rescate y la divulgación de la cultura comunitaria.

De este modo, así como los lisbonenses, al otro lado del océano Atlántico se enorgullecen de su legado y dedican sus conocimientos a dignificar dicho entorno y  a reconocerse como representantes vivos de su cultura, el ciudadano mexiquense tendría que desechar la creencia de que no hay una cultura que acoger, para dedicar parte de sus esfuerzos a auxiliar en la dignificación de la imagen cultural del Estado de México. 

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