El libro: el mejor maestro

Por: Alex Haro

Todo buen lector podrá dar veracidad a mis palabras: no hay quién te enseñe tanto en la vida como un buen libro. Y si bien no es el objetivo exclusivo de la literatura, me molesta mucho la gente que espera aprender del arte cómo vivir y nada más, algunas de las mejores enseñanzas que he recibido han sido de parte de una novela, cuento, poema o libro de literatura en general.

Insisto, cualquier persona que esté leyendo esto y tenga un mínimo de experiencia lectora literaria estará recordando, ahora miso, una experiencia similar. Quizá una positiva o tal vez una anécdota dolorosa, pero ocurrirá con todos y cada uno de nosotros.

Pero, ¿por qué pasa esto? ¿Qué poder, pareciera que sobrehumano, tienen las letras para hacernos sentir de tal forma que terminamos recibiendo una enseñanza? En mi opinión, son dos palabras clave: empatía y catarsis.

La literatura, cuando es bien leída, tiene una capacidad impresionante para hacer que el lector se ponga en los zapatos de alguien más. Como si fueran auténticos titiriteros, pareciera que los autores saben cómo manipular a sus lectores para hacerlos presas sencillas para la emoción. ¿Quién que haya leído Los Miserables no se siente conmovido por la vida tan penosa que lleva, en varios instantes, Jean Valjean? ¡Por Dios! Si varias veces durante la lectura quería entrar al libro y darle un abrazo al pobre.

El arte nos obliga a sentir lo que experimentan los personajes. Por eso todos sentimos como propio el amor que sentía Werther hacia Lotte en Las penas del joven Werther, y sufrimos como magdalenas con el final. Por eso a todos se nos rompe el corazón cuando entendemos por qué La tregua, de Mario Benedetti, se llama de esta forma. Diría Vallejo: “hay golpes tan fuertes en la vida… yo no sé, golpes como del odio de Dios”.

La empatía nos obliga, también, a ser más observadores y cuidadosos con nuestras críticas y juicios. Al arrojarnos dentro de la piel de un personaje, la literatura nos lleva a analizar a conciencia las situaciones y el contexto que vive un persona, aunque sea ficticia. Volviendo a Los Miserables, es por esto que nadie se atreve a juzgar como un villano delincuente malévolo a Jean Valjean cuando es encarcelado de manera injusta al principio de la novela. Ojalá extendiéramos esta habilidad al mundo real, dicho sea de paso.

Una vez que ya nos sentimos identificados con el personaje, cuando ya estamos empáticos con él, entra la catarsis. Para los griegos, la katharsis se centraba, en especial, en las tragedias, donde la audiencia podía observar cómo los errores, pecados y vicios de una persona la llevaban a un desenlace fatídico, y aprendían que no debían hacer tal o cual cosa. Sin embargo, para los teóricos de la recepción, este proceso va más allá, pues consiste en el entendimiento pleno de la obra, con todo lo que ésta lleva consigo.

No se me ocurre mejor ejemplo para esto que la novela Niebla, de Miguel de Unamuno. Esta obra es ideal para todos aquellos lectores que quieran replantearse prácticamente todo lo concerniente a su existencia y posición en el mundo. Una vez más, obligado por el deseo de no dar ningún spoiler, he de recurrir a la vox populi para validar mi comentario. Las últimas cien páginas del libro son un frenesí absoluto de cuestionamientos para el lector que siente cómo grandes preguntas filosóficas se le vienen encima.

La literatura es capaz de golpearnos con toda su fuerza y llevarnos a las reflexiones más profundas que podemos enfrentar en la vida. No se equivocaba Kafka al decir que “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”. Sirva esta columna, pues, como invitación para que tú, amiguito que estás leyendo esto, te atrevas a tomar el hacha. ¡No te dejes intimidar por su poder! Es la mejor arma que existe, te lo aseguro.

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