Bitácora literaria: El arte tiene responsabilidad social

Por: Alex Haro

Tengo una confesión que hacer: hoy escribo la columna con un sabor agridulce. Espero no me malentiendan. Hacerlo siempre es un placer. Tener la ilusión de que las palabras que escribo sean leídas por alguien más es algo simplemente maravilloso. A menos de que nadie las lea, con lo que entonces me sentiría como un loco de manicomio hablando solo con la pared. Pero a eso es lo que se arriesga todo el que intenta plasmar una idea en papel y la comparte con el mundo.

No, el motivo del pesar que me provoca escribir lo siguiente es el cambio en la elección del tema. Originalmente, comencé el día con la idea de hablar del duelo que vive un lector luego de terminar una novela o un libro que le ha gustado mucho. Me hacía mucha ilusión hacerlo. Tanta, que creo será la siguiente entrada. Pero hoy, después de ver la noticia de un feminicidio más, siento la necesidad de hacer una breve reflexión. Antes de comenzar, quiero dejar claro que no me interesa generar polémica, sino simplemente escribir un poco sobre el papel que tiene el arte ante esta clase de sucesos.

Hace un par de años, aproximadamente, platicaba con una persona sobre cómo, en su opinión, la narrativa en Latinoamérica ha ido evolucionando con el paso de los años. Para este individuo, la producción de literatura “fuerte”, es decir, sobre asesinatos, violaciones, secuestros y violencia en general había aumentado considerablemente. Llegando a establecer que era el tipo de arte más consumido y producido por millenials y generación Z.

Los que me conocen, saben que a mí me gusta la literatura de terror y me agradan esa clase de textos, al grado de que mi libro, Quimeras bajo la cama, puede considerarse de este tipo. Cuando llegó mi turno de argumentar porqué sucedía esto, yo recurrí al argumento de que la literatura, como las artes, no están condicionadas por el contexto en el que vive el artista, pero sí se ven fuertemente influenciadas por él.

En México, y por lo que sé en el resto de América Latina, vivimos una era de violencia sin precedentes. Basta leer por encimita cualquier periódico o portal de noticias. Robos, asaltos, secuestros, asesinatos, extorsiones, violaciones y balaceras, entre otras cosas, son el pan de todos los días para los mexicanos. Cualquiera que viva aquí por más de seis meses podrá confirmarlo.

En mi opinión, los artistas tienen una responsabilidad social con el tiempo y lugar en el que viven. Si bien tampoco creo que esto sea más importante que el arte, nada lo es, defiendo la idea de que los mejores escritores y escritoras de la historia han sabido reflejar esto en sus obras, de una u otra forma. Lo han hecho personajes de la talla de Elena Garro, Rosario Castellanos, Amparo Dávila, Fernando del Paso, Juan Rulfo y muchísimos, pero muchísimos más.

Sí, le doy la razón a esa persona. Hoy en día es más común encontrar expresiones artísticas “fuertes” que antes, por múltiples razones, entre las que entrarían la censura, la libertad de expresión, entre otras. La mayoría de gente que tiene problemas con ello, o que se sienten incómodas al respecto, o que simplemente no les gusta, son de generaciones pasadas. A ellos les digo: sí, las “nuevas” generaciones no tenemos “pelos en la lengua”, y somos muy gráficos, pero, ¿se nos puede culpar por ello? La verdad es que no.

Hoy en día, cualquier adolescente o adulto joven, que ronde entre los quince a los treinta y cinco años, sale a la calle y es bombardeado por una ola impresionante de violencia. La vemos a todas horas, pensamos en ella a todas horas y, a veces, somos víctimas directas o indirectas de ella. Se ha vuelto parte de nuestras preocupaciones diarias.

A diferencia de la época en la que le tocó vivir a mis padres, según lo que ellos mismos me han contado, yo tengo preocupaciones distintas antes de salir. En la actualidad, cuando estoy en la puerta de mi casa, antes de abandonarla para hacer cualquier cosa, pasa por mi mente: ¿llevo bien escondido mi dinero, para que nadie me robe? ¿Y si mejor guardo el celular en la mochila? No vaya a ser que se suba un ladrón. Pero, ¿qué hago si lo meto ahí y me roban toda la mochila? Híjole, ese tipo de ahí viene detrás de mí desde hace cinco cuadras, ¿y si me viene siguiendo? Ya les compartí mi ubicación en tiempo real a mis amigos y a mi mamá, por si las dudas.

Créanme, mi generación tiene tan normalizado esto que a veces no nos damos cuenta de que no está bien. Ojo, no digo que sea malo tener “prevención del delito”. Eso siempre ha sido útil. Pero no es sano ir por la vida a sabiendas de que esta vez puede ser la última.

Así que: sí, estas generaciones de ahora son bien gráficas y “crueles” a la hora de las expresiones artísticas. Sí, hoy más que nunca se habla de violencia en la literatura, y no solo como mecanismo de miedo, sino como expresión de la realidad. Qué feo, ¿no? Pero, siendo honestos, ¿qué esperaban?

El arte también es una forma de denuncia social, una manera en la que los artistas, en representación de toda una comunidad, señalan problemáticas reales que se viven todos los días. Por lo tanto, yo aplaudo que el arte tenga esta responsabilidad y que los artistas no se callen las preocupaciones que tienen.

El día que baje la violencia, el día que cualquier mujer pueda salir a la calle sin miedo, el día que cualquier persona se suba a una combi sin pensar que, otra vez, lo van a asaltar, ese día nos sentamos a discutir si ya estuvo bueno de tanta violencia en las artes. Mientras tanto, que el arte siga siendo la voz de aquellos que el sistema quiera callar.

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