Un mal sacerdote

Por:Rafael Mazón

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Década de los treinta del siglo pasado. Estamos frente a los acontecimientos anteriores a la Guerra Cristera. En México se ha vuelto delito grave la religión católica. Las catedrales han sido convertidas en ruinas. Los ángeles de los cementerios han sufrido la mutilación de sus alas. Los curas son obligados a renunciar a su fe contrayendo matrimonio para tener derecho a vivir, a recibir una pensión gubernamental; los que se niegan a esto viven huyendo, luchando desesperadamente por encontrar vino para oficiar misa (toda bebida alcohólica ha sido prohibida también, principalmente el vino), ejerciendo sus funciones católicas escondidos en miserables y oscuros rincones. Mientras que en algunos estados mexicanos el rompimiento de la ley anticatólica conlleva alguna leve multa económica, o la estadía en prisión por un par de días, en Tabasco el yugo es más férreo, rígido, pues el delito es castigado con el fusilamiento inclemente del cura rompedor del nuevo orden.

La noche cae pesada en el estado de Tabasco. Las calles polvorientas se revisten de una soledad obligada por el toque de queda. Una tormenta se acerca desde la negra selva tabasqueña; los relámpagos iluminan con lividez los miserables techos de las chozas, y los truenos se convierten en el único latido del lugar. De vez en cuando, un acompasado marchar de botas militares se suma, momentáneamente, al retumbar del trueno; la tenue luz amarilla de las farolas proyecta sombras de soldados sobre derruidas paredes encaladas. Dos oficiales, visiblemente cansados, guardan la puerta del centro penitenciario. En el patio del lugar incontables hamacas flotan luchando contra la gravedad, aguantando el peso de la soldadesca fatigada y atormentada gracias a remordimientos causados por lo hecho a lo largo del día. En la oficina del jefe, dos envejecidos retratos tomados de periódicos bailan al son del viento: uno luce el americano rostro de un fugitivo, culpable de robar un banco y asesinar a innumerables personas; en el otro, resalta la gorda sonrisa de un cura en una fiesta de comunión, rodeado de vestidos de muselina blanca, siendo agasajado por las infinitas atenciones de los circundantes.

El teniente mira satisfecho hacia los retratos colgados, ignorando las quejas lastimeras de su jefe, echado de bruces sobre su escritorio, con un trapo pegado a las podridas muelas. Enfoca toda su atención hacia la cara rechoncha del sacerdote. En sus adentros, siempre había considerado que el peligro, el daño causado por el cura era infinitamente mayor comparado al fugitivo americano. La felicidad de la captura del enemigo sacerdotal corre por sus venas, se desborda de su firme cuerpo, hace vibrar su fría alma. Recuerda su infancia casi con lágrimas en los serios ojos: hondas tinieblas rodando a lo largo de un altar, con la figura de un cristo ensangrentando sobresaliendo; murmullos brotando de los fervientes labios de los feligreses hincados, con miedo e ignorancia, frente a los pies del crucificado; vestidos de muselina blanca rozando las bancas de madera, bañados de incienso; de repente, la hostia resplandecía alta en aquella noche como luna llena brotando entre nubes nocturnas, provocando la transformación de todo ser humano en peludas bestias, sedientas de sangre, con fanáticas garras; él miraba la redonda figura como si estuviese ante la fuente de todos los males de la humanidad, apretando el puño, jurando pisotearla para liberar a cada uno de los hombres…

La celda comunal, llena de informes y confusos bultos humanos, duerme profundamente, ornado por un desacompasado respirar. A lado de ésta, desde las profundidades de un calabozo individual, resbalan rezos entre los barrotes de hierro. La oración es rota, por momentos, gracias al zumbido de mosquitos, a los escarabajos que se destruyen tras embestir la dura pared. Las plegarias no son las convencionales, dogmáticas, pero se sienten más humanas, sinceras, reales. Un aliento ahogado en aguardiente enmarca el rezo. Un crucifico desgastado, casi roto, cuelga de unos dedos casi inertes; mientras que un par de manos luce estigmas, el otro está tan lleno de heridas que ha perdido gran parte de su forma humana. Perlas lacrimosas, cayendo de una mirada desolada que ha perdido la esperanza, ruedan por la cruz. El último sacerdote mira la agonía de su fe, retorciéndose en el infame suelo, sobre un charco de sangre.

Piensa en la completa inutilidad de su vida, en la nada lograda con sus funciones católicas. Alguna vez tuvo el poder de salvar almas; era tan fácil en aquellos buenos tiempos pasados, hace diez años, cuando una falsa oración y tres avemarías liberaban a cualquiera de las garras del averno. Ahora arrastra al infierno dentro de sí mismo; el mal corre por sus venas como el paludismo. Cuando la persecución empezó, él decidió quedarse en Tabasco, no por vocación o devoción, sino por vanidad, por soberbia, con el deseo de convertirse en mártir, en el héroe de la religión católica; se creyó un ente magnífico, tan enorme que creó sus propias leyes a seguir. Primero empezó cometiendo pecados veniales: dejó los ayunos, recortaba sus oraciones vespertinas, terminaba más pronto las misas excusándose con el peligro latente de la policía, ignoraba y mostraba indiferencia ante las confesiones del confesonario. Después, se sintió atrapado por el sedoso sabor del vino y el aguardiente: se volvió un adicto, un ebrio, un alcohólico. El pueblo se dirigía a él como “pater-whisky”. Un día sombrío, que nunca olvidaría, se encontró encima del cuerpo de una mujer, rodeado por ratas, dentro de un escondido y repugnante cobertizo; cayó en uno de los pecados mortales: se volvió padre de una hija de facciones demoniacas, que constantemente lo atormenta, lo persigue en todos sus pensamientos.

Extrañamente, se siente más cerca de la gloria ahora, siendo presa de pecados mortales, que cuando era casi totalmente inocente, manchado levemente por un pequeño pecado venial de orgullo. Antes era frío, inhumano, no sentía ningún lazo de compasión que lo ligara a otro ser humano. Ahora, el crimen cometido le ha despertado dentro del corazón el más profundo de los amores humanos: el amor del padre hacia la hija; está dispuesto a condenar su alma con tal de poder salvarla de este terrible mundo, tan lleno de horror y pecado.

Azota con fuerza su cabeza contra el húmedo muro; sabe perfectamente que cada idea o pensamiento similar a estos lo arrastran al abismo un poco más. Intenta obligarse a dirigir todo su temor y sus anhelos de salvación hacia una larga fila de rostros conocidos: el dentista, Mr. Tench, que llevaba años trabajando entre el pesado calor esperando el milagro de reencontrarse con su familia; la familia Fellows, que lo refugió durante unos días en su establo, gracias principalmente a la intercesión de la pequeña Coral, que juró defenderlo ante cualquier enemigo suyo; en el padre José, uno de los pocos sacerdotes que aceptaron destruir su fe para sobrevivir, casado con una enorme y autoritaria mujer; en su relación con el mestizo, eternamente empañada por su desconfianza gracias a su condición de pobre, esperando el momento en que éste lo entregaría a las autoridades; en el rostro furibundo de María, la accidental madre de su hija, y en la manera en que lo corrió de su pueblo; en el gringo fugitivo, agonizando en un montón de asquerosa paja, rodeado de sangre y vómito, buscando desesperadamente un arma mortal; finalmente, en los hermanos Lehr, envestidos de un superficial luteranismo, viviendo en una campiña pacífica de la cual él huyó por no sentirse lo suficientemente digno para llevar una vida de tal pulcritud…

Inmediatamente, inconscientemente, la totalidad de sus anhelos vuelven volando hacia su desolada hija, mientras le dirigía miradas, rodeada de basura, siendo acosada por males invisibles que guerreaban con tal de apresar su infantil alma. Debería amar a todo el mundo, como Cristo, pero solamente siente amor por Brígida, que es el nombre de la pequeña. Sus gritos desesperados se pierden entre la densidad de la noche. Desde el cristo del crucifijo siente salir una terrible e inmensa voz; cada palabra versa sobre los sufrimientos que le esperan en las lanzas de los demonios. Toda su piedad y compasión caen desde sus ojos, como cascadas imparables. Se empieza a sentir el amanecer asomar por el horizonte. Duda de encontrar la paz y la santidad en aquel blancor solar; quiere sufrir el peor y más justo de los castigos por sus pecados. Ansía ser castigado, pues no siente ni una pizca de remordimiento; ama con locura al fruto de su crimen. No tiene miedo a condenarse o al dolor físico. Solamente un sentimiento lo hace temblar: una desilusión enorme de presentarse ante Dios con las manos vacías, sin un alma salvada, siendo un mal sacerdote… o al menos eso cree él…

El poder y la gloria es una novela publicada en 1940 por el escritor británico Graham Greene. El novelista británico es conocido por las dos líneas que siguen sus obras: por un lado sus thrillers de entretenimiento, y por el otro sus novelas católicas serias. La obra en cuestión es considerada la obra maestra de Greene en la segunda línea mencionada. Decidí acercarme a ella después de conocer los halagos que el propio Mario Vargas Llosa le dedica en su texto La verdad de las mentiras. Me encontré ante una novela excepcionalmente bella y profunda, la cual considero es una grata opción de lectura para lectores mexicanos por dos razones: el texto está ambientado en México, y habla sobre algo que, a pesar de muchos, forma parte de nuestras raíces identitarias como lo es el catolicismo. Sin embargo, una de las características principales de la obra es que no está dirigida únicamente hacia creyentes; como toda obra maestra, El poder y la gloria tiene la capacidad de hacer vibrar toda sensibilidad, toda alma, sin importar las creencias o la ideología del lector, y convertirse en una lectura memorable para todo público.

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