La maldición de la torre de marfil

Por: Alex Haro

Me parece que lo he comentado en otras entradas de esta bitácora, pero, por si es la primera vez que lees una o “nomás por no dejar”, como dicen en mi pueblo, ahí va otra vez: los estereotipos están presentes en todas las carreras, facultades, oficios y profesiones. Que si los abogados gustan del alcohol más que los insulsos mortales, que si en ingeniería encontrar una mujer es más difícil que hallar agua en el desierto, que si los médicos se sienten semidioses que no son merecidos ni por la tierra que pisan, etcétera. Las humanidades no son la excepción. No me detendré en los clásicos: que si nos vamos a morir de hambre o que si en nuestra facultad hay puro loco que se siente el próximo “Che”, hoy no es ese mi interés. Antes de avanzar, aclaración importante: estos estereotipos no siempre son certeros, “si a alguien le queda el saco, que se lo ponga”.

Ahora sí. Hoy quiero hablar de otro estereotipo que nos persigue todo el tiempo: el conocimiento nos vuelve engreídos. ¡Ojo! No digo que este solo aplique para las humanidades, para nada. Sin embargo, como nuestros conocimientos son mucho más abstractos que pragmáticos, los estudiantes de humanidades y ciencias sociales estamos condenados a cargar con una serie de aprendizajes muy poco prácticos, que nos vuelven propensos a mirar al otro por encima del hombro. A mí no me duele decirlo: el día que a una persona le dé un infarto en la calle, ¿qué voy a hacer yo? ¿Hablarle de la diégesis? Pues no, ¿verdad?

Nuestros conocimientos históricos, sociales, literarios, artísticos y filosóficos nos obligan a ser reflexivos, a niveles que pueden ser, a veces, exagerados. Estamos constantemente trabajando con “objetos” que ni siquiera son tangibles. Y, por culpa de la misma sociedad, nos hemos ido aislando cada vez más y más del resto de disciplinas y profesiones.

Yo sé en qué imagen están pensando, es momento de hablar del elefante en la habitación. Los estereotipos visuales de humanidades y ciencias sociales son siempre dos: el morro/a de veinte años, con un morral con la cara del “Che” o de Bob Marley o un dibujo de una hoja de cannabis, con el cabello largo, fanático de Caifanes y hater del capitalismo; o el de un tipo de lentes, con unos libros en el brazo, que le encanta el vino, el café y las tardes lluviosas, que va por la vida ligando con la frase de “eres arte” y que lee a sus autores y filósofos en su idioma original.

A ese último me refiero. El grave riesgo de estudiar humanidades es, curiosamente, que nos concentramos tanto por comprender cosas abstractas que a veces olvidamos el uso que tiene este conocimiento en la praxis, es decir, hacia la humanidad. Duele admitirlo, y por eso se sabe que es verdad, pero es muy común que, “por culpa de los libros leídos”, nos sintamos superiores a nivel moral, intelectual e, incluso, humano con respecto al resto de los ciudadanos.

Por eso, señoras y señores, hay que enfrentar la verdad de frente, tomar al toro por los cuernos: tener una licenciatura, o maestría, o doctorado, o conocer del dasein y leer a Heidegger en su idioma no te hace superior a nadie. Ser filósofo, literato o historiador no significa que tú, como individuo, tengas más valor que el campesino, el médico, el panadero, el abogado o cualquier otro.

Sé lo que muchos podrían pensar: Alex, ¡por Dios! ¿No crees que alguien que constantemente aprende sobre la moral y tiene procesos usuales de reflexión sobre el hombre y la sociedad no necesita esa clase de recordatorio?… ¡Ja! Se sorprenderían, queridos amigos, se sorprenderían. Muchas veces, a la gente menos pensada debemos recordarle que el conocimiento aislado en una torre de marfil no sirve para nada. Lo más importante de estudiar alguna de las humanidades es aprender cómo puedo impactar al humano con ese conocimiento. De otro modo, es como una planta muerta.

A %d blogueros les gusta esto: