¿Se puede cambiar al mundo con literatura?

Por: Alex Haro

Este es uno de los clichés más comunes para las personas que estudian letras, o cualquier otra expresión artística para el caso: “queremos cambiar al mundo con arte”. No es raro mirar a los ojos de un joven apasionado por la literatura mientras habla de por qué X o Y poema es maravilloso y observar que cree, de corazón, en el poder que tiene esta para cambiar realidades.

No me malentiendan. A diferencia de muchas otras ocasiones, tanto de la vida real como de otras entradas de esta columna, no pretendo burlarme. Todo lo contrario. Como yo mismo escribí en otra ocasión, pocas cosas son tan gratificantes como observar a una persona hablar de lo que le apasiona. ¡Por Dios! ¡Es hermoso! Y sé que habrá muchos haters que no concordarán conmigo, y francamente no me interesa. Al menos yo disfruto muchísimo ver a la gente enamorada, ya sea de otros seres o de objetos.

Ahora bien, la fuerza da la literatura no es para menos. ¡Las sirenas de la antigua mitología griega se quedan cortísimas en comparación a ella! Ni siquiera Odiseo, o Ulises que es lo mismo, habría podido burlar su canto seductor, ¡ni aunque lo hubieran unido con pegamento industrial a ese mástil!

Es obvio que cuando una persona se enamora de las letras siente que tiene el poder para destruir cualquier muro, vencer a todos los villanos y sortear hasta el peor de los obstáculos. Bah, ¿qué les digo? ¡Así es el amor! Sobre todo en la primera etapa de la relación con el arte, “la luna de miel”, donde uno piensa que un libro es lo más hermoso que hay en el mundo y cuando no logramos entender cómo los demás no se sienten igual que nosotros.

Al final del día, lo único que logra derrotar al poderoso efecto alucinante del enamoramiento es el tiempo, y esta no es la excepción. Tarde o temprano, sobre todo cuando uno comienza a enfrentarse al mundo laboral “real”, nos damos cuenta de que ni el mejor libro es capaz de cambiar al mundo por sí solo. Una vez más, confío en que cualquiera de mis colegas puede desmentirme sin problemas, si es que es necesario.

Sin embargo, no se entienda esto como algo malo. Todo lo contrario. Cuando comencé a trabajar como profesor se me notaba en la cara unas ganas tremendas de hacer que los niños de secundaria leyeran a Cortázar y cambiarles la vida. Una persona, al ver esto, me comentó: “esa ilusión es normal en los novatos, ya se te pasará”.

Quisiera decir que se equivoca por completo, pero les mentiría. En parte tiene razón, en parte no. Por un lado, se equivocó con respecto a mí. Aquí sigo, casi tres años después, con las mismas ganas de transmitir el amor por los libros a cuanta persona me encuentro en el camino. Y si creen que mi opinión no es tan válida porque llevo muy poco, conozco muchísimos profesores que llevan veinte o treinta años y la pasión y la intensidad no les ha bajado ni un ápice.

No obstante, esa persona también tenía su dosis de razón. Como también escribí en otra entrada, no importa cuántas clases de didáctica tengas o qué tan buenas sean, nada se compara a la cantidad de aprendizaje que adquieres en cuanto obtienes tu primer empleo y comienzas a ejercer. Cualquier otro que se haya parado frente a un grupo no me dejará mentir: las artes no bastan para cambiar el mundo.

Pero, y en esto es en lo que hay que concentrarnos, es más que suficiente para cambiar “mundos”, “realidades”. Todo buen humanista sabe que decir “la verdad” o “el mundo” es muy reduccionista, pues ambos se construyen por una multiplicidad casi caleidoscópica de perspectivas y contextos.

Tenemos que enfrentarlo: la literatura no puede cambiar el mundo. Si eso fuera posible, hace muchos, pero muchísimos años que ya habría sucedido. Díganme, ¿no lo habría conseguido ya Cervantes? ¿O sor Juana? ¿O Saramago, Borges, Garro, Castellanos, Dávila, Poe, King, Neruda, Benedetti, Blum, Mistral, Storni, o Vallejo? Si la literatura bastara, desde el nacimiento de la humanidad que todo estaría resuelto.

En lugar de gastar nuestras energías tratando de cambiar al mundo con libros, y para ahorrarnos las subsecuentes decepciones, debemos de tratar de cambiar los “mundos” que nos encontremos. De tal forma, si, como profesor, queda a tu cargo un grupo de cuarenta alumnos, piensa que son cuarenta realidades que puedes modificar, y que con cada una que lo consigas es una victoria fundamental. Pues, aceptémoslo, existen personas que no se enamorarán de las letras ni siquiera si pudiéramos revivir a Shakespeare y obligarlo a platicar con ellos.

Por eso, cito un fragmento de conocimiento popular: “no podemos controlar todo lo que pasa, pero sí podemos controlar cómo reaccionamos ante ello”. En lugar de sentir decepción por la cantidad de gente que será indiferente ante el arte, te prometo que van a ser muchísimos, sintámonos agradecidos y orgullosos de aquellos a los que logramos convencer, a los que invitamos al banquete más maravilloso del mundo, a los que les ofrecimos las llaves de un paraíso perpetuo del cual no existe fruto prohibido que nos expulse.

La literatura no puede cambiar al mundo, y eso está bien, de eso no se trata. La literatura se trata de cambiar personas.

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