La infinita búsqueda del ideal femenino

Por: Rafael Mazón Ontiveros

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El invierno ha llegado; primero, se ha acercado bailando con un amplio abanico de lentos movimientos, como con miedo y duda, para después dejarse caer sobre nuestras cabezas con todo el peso de su inconmensurable cuerpo. Desde entonces, el río Dniéster se ha paralizado en una sonrisa helada, inmóvil, con destellos argentinos que suben hasta la negra noche infinita. Pareciera que Dios haya bajado a crear con sus invisibles manos este puente de cristal que une la Rusia bolchevique, taponada con un cielo rojo que admiro desde la distancia, con la Rumania burguesa; lo ha hecho para bendecirme: ahora ella podrá cruzar, la Rusa, con su cosaca altura, con sus oblicuos ojos cosacos, desde lo desconocido, lo lejano, lo misterioso, lo eternamente nuevo. Esta espera, casi trágica, le ha otorgado un verdadero sentido a este mundo imponente: con tal de desvanecerme al descubrir cada uno de sus vagos rasgos, soy capaz de aguantar todos los tormentos humanos. Hace varios meses ya que fui destinado, junto a mi destacamento, a proteger esta frontera de los invasores extranjeros que buscan huir del rojo infierno bolchevique, entrando a Rumania de manera ilegal; solamente la seguridad de que ella vendrá a verme, me ha otorgado fuerza y paciencia para soportar las historias sobre desgracia humana que brotan de los sombríos rostros de los rusos evadidos.

La dolorosa búsqueda de sus largas piernas, cosacas y elegantes, me ha endurecido lentamente el corazón; mis suboficiales, Garneata y Cebuc, se asustan al contemplar la indiferencia con que sentencio a todas esas pobres almas a regresar al mundo de las tinieblas. Las normas dicen que únicamente pueden entrar al país las personas que hablen rumano, o que tengan familia de este lado; la mayoría de la gente que capturamos en la densa noche no cumple con estos requerimientos. Lo que le interesa al ejército no son los pobres diablos que buscan una nueva vida; principalmente, nuestra lucha es en contra de los contrabandistas y de los espías rusos. Gracias a Marinescu, un simple cabo de mi destacamento, he podido dar con un raro matrimonio contrabandista, el cual vive en la desconocida aldehuela donde mis soldados escapan, huyendo de la acre niebla en las madrugadas, buscando dormir en el abandonado lecho de cualquier triste campesina, ausente de presencia masculina por culpa de la Gran Guerra. El matrimonio es llamativo por la unión de una bella y una bestia: el monstruoso Serghe Balan, y la divina Niculina. Mi misión me ha llevado a entrar en contacto con esta pareja; teniendo en cuenta la enormidad y magnificencia de la mansión donde habitan, completamente distinta a las casuchas del resto del poblado, resulta obvia la presencia de actividades ilícitas que sustenten ese estilo de vida. Tengo pesadillas con los gigantescos brazos de Balan, principalmente desde que retozo entre los blancos brazos de Niculina bajo el nogal del jardín; imagino su inconmensurable fuerza rompiendo las vértebras de mi cuello, mientras Niculina sonríe de felicidad, satisfecha de su engaño victorioso. Pero estos dos no podrán vencerme; soy mucho más astuto que ellos dos juntos, y tengo toda la fuerza de un regimiento militar para vencerlos. Mientras tanto, seguiré contemplando la blancura mate de la desnudez de Niculina: es un molde pasajero ideal para depositar la sustancia etérea de la Rusa que llena mi alma, que atormenta mi imaginación.

Todas las noches que me he desvelado, con la mirada perdida entre libros de matemáticas, o evocando sangrientas escenas de las sagradas escrituras, me han servido para construir el cuerpo divino de la Rusa: logro sentir sus poderosas piernas envolviendo mis extasiadas caderas, sus serpenteantes muslos agitándose sobre mí, sus duras manos, ásperas como heladas piedras, envolviendo mi cuello palpitante. Pero su rostro, aquel rostro en el cual brilla una mirada proveniente del pasado más recóndito de la humanidad, se me escapa todavía. Me angustia la posibilidad de que Valia, la piojosa violinista que fue atrapada por las ignorantes garras de mi compañero Illiad, sea en realidad mi sueño hecho realidad. Mejor ignorar esta opción y seguir buscando entre las nieblas de la imaginación, entre los recovecos del congelado río. Lo único que me queda es seguir esperándola, aguantando el frío que se cuela por mis huesos con cada ventisca helada, resistiendo las tramposas palabras de Niculina, rezando porque aparezca, resplandeciendo en el estrecho umbral de la puerta de mi habitación, lo más pronto posible. Pero ella vendrá, la Rusa verdadera…

Quien habla así es el teniente Ragaiac, protagonista de la fantástica novela La rusa, escrita por el novelista rumano Gib MIhaescu. Considerada una de las cumbres novelísticas de la literatura rumana del siglo XX, nos narra la frenética búsqueda del ideal femenino que realiza el protagonista; ideal construido a partir de las lecturas de los clásicos literarios rusos, como Tolstoi o Dostoievski, así como de la Biblia y de duros libros sobre matemáticas. Novela introspectiva, siguiendo la línea de la novela psicológica rusa, a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas nos adentramos en el interior del personaje, conociendo sus pensamientos, sus obsesiones, sus sueños, sus anhelos. El rasgo más bello de la novela es la manera tan maravillosa en que constantemente borra las fronteras entre sueño y realidad, entre imaginación y acontecimiento, entre lo ideal y lo real, lo que se puede ver representado en la oposición entre la Niculina real, y la Rusa imaginaria. Otro rasgo que me lleva a recomentar esta obra maestra tan encarecidamente es su intensa carga de erotismo, elemento que enlaza a la perfección con el carácter introspectivo e imaginativo de la obra, pues éste está enmarcado por las fantasías del personaje. Termino haciéndole al lector la recomendación de acercarse de lleno al universo de la literatura rumana, camino muy poco explorado en suelo mexicano, lo que les aseguro será una aventura llena de sorpresas literarias gratamente satisfactorias y exquisitas.

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