No me gustó un clásico

Por: Alex Haro

Los lectores de esta columna que hayan estado aquí desde el principio recordarán un par de cuestiones que serán fundamentales para el desarrollo de esta entrada. En primer lugar, lo importante que es para mí hacer la distinción entre el valor de una obra de arte y los gustos artísticos de las personas. Si desean revisar esa entrada, la pueden encontrar con el nombre “El arte no es subjetivo”. En resumen, establezco que la calidad artística de una obra no depende del gusto de los lectores, puesto que existen elementos y características propias del texto que lo hacen tener ese valor, o no. Por lo tanto, que a una persona no le guste “Ulises”, de James Joyce, no resta la calidad literaria de la obra.

En segundo lugar, a finales del año pasado y comienzos del actual, publiqué un par de entradas donde dejaba una serie de recomendaciones lectoras por mes para que el 2021 estuviera lleno de libros. También las pueden encontrar como: “Propósitos para el Año Nuevo Literario”. El reto para el mes de febrero era darle una segunda oportunidad a un libro que hayas intentado leer, pero, por una razón u otra, dejaste. Siguiendo mis propias ideas, este mes me dispuse a leer Rayuela, pues hace muchos años había comenzado a leerlo y, tras no sentirme conectado con la obra, la abandoné. Así que decidí darle una segunda oportunidad… Y no me gustó.

Antes de que puedan crucificarme por “hacerle el feo” a esa obra, considerada por muchos una de las mejores novelas de la historia, es importante aclarar varios puntos. Por un lado, en este caso no aplica el argumento “a la mejor te hizo falta leerla por más tiempo, y la abandonaste muy pronto”. No. Leí una gran parte del libro y, por más que lo intenté, en ningún momento me “enganché” con él.

Ahora bien, con esto no pretendo menospreciar la calidad literaria de la novela, bien sabida por todos. Es más, durante las páginas que leí disfruté muchos pasajes donde reconocí la maestría de Cortázar en su máxima expresión. Con esta columna, mi único interés es contarles la razón principal por la que no me gustó. Así que, sin más preámbulos, les presento dicho motivo, con la esperanza de saber si ustedes están o no de acuerdo conmigo:

La prosa es “innecesariamente difícil”

Yo sé, yo sé. Solito me meto en camisa de once varas con esto. Pero, para darme a explicar, partiré de la eterna discusión entre Borges y Cortázar. A lo largo de mi vida lectora he visto y escuchado, en incontables ocasiones, esta pelea, sobre todo en redes sociales. Que si a Jorge Luis le faltaba la disposición natural a la poesía que tenía Julio; que si un buen Cortázar no es, ni siquiera, un mal Borges. En fin, estos argumentos, inútiles para mí, terminan pareciéndose más a la pelea entre dos fandoms que a una discusión literaria.

Como enamorado de las obras de ambos escritores argentinos, me parece que las comparaciones, además de odiosas, no tienen el más mínimo sentido. Borges era un genio mundial, con un conocimiento cultural y artístico de superdotado, que en ocasiones agregaba a su prosa cierta dificultad. En cambio, Cortázar es un maestro de la narrativa, en todos sus sentidos. Sus cuentos, dotados con una prosa “amigable” parecen llevarte de la mano por un camino mucho más sencillo que el de Borges. Aunque, como dije, eso solo es en apariencia, pues, como cualquiera de sus lectores sabrá, sus obras son tan complejas como maravillosas.

Pero, a lo que me refiero, es que los cuentos de Cortázar no “pretenden” ser complicados en el lenguaje, pues la profundidad de la obra se encuentra en otro lugar. Por ejemplo, dudo que haya una sola persona promedio en el mundo que no entienda la prosa con la que está escrito “Continuidad de los parques”. Y, sin embargo, el cuento esconde en sus entrañas un mecanismo literario y artístico tan maravilloso como intrincado.

Y lo mismo podemos decir de muchos otros relatos del argentino, como “La salud de los enfermos”, donde nos presenta una comedia de enredo en prosa que termina “enredando” a los personajes, al narrador e, incluso, a los lectores; o “Casa tomada”, obra colmada de símbolos y, muy a mi gusto, severamente poética.

No obstante, me parece que es esa búsqueda de lo poético lo que hace de Rayuela una obra pesada y difícil de digerir. En momentos, las disertaciones literarias, musicales y vitales de Horacio Oliveira suenan, para un servidor, al fluir psíquico torpe y descuidado de cualquier ebrio de cantina. Su forma “única y diferente” de ver la vida y a los otros habitantes del mundo resultan pedantes y molestas. Su desprecio hacia la Maga, mal disfrazado de amor y que, sin lugar a dudas, podría confundirse con misoginia, aunado a su constante menosprecio hacia los otros, lo convierten en un personaje irritante.

En resumen, en Rayuela no logro identificar las grandes cualidades de la pulida prosa de Cortázar que lo convirtieron en uno de los mejores escritores latinoamericanos y, sin miedo a exagerar, mundiales. Ahora, lo importante es recordar que este texto es tan solo la opinión de un simplón lector, tan común y corriente como cualquier otro. Si herí sensibilidades, lo lamento. Y si a ustedes les gusta esa novela, ¡genial! ¡Síganla disfrutando! Como decía Borges: “siempre que pienso en el paraíso lo visualizo como una especie de biblioteca”. Y, en dicha biblioteca celestial, que cada quien tome el libro que desee.

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