¿Se necesita saber de literatura para disfrutarla?

¡No!

Por: Alex Haro

Sí, ya sé, ya sé: ¡qué pésimo chiste! Pero, a manera de defensa, tengo unas cuantas cosas que explicar. En primer lugar, la gente cercana a mí sabe que mi humor es así de simplón. Y los que no lo supieran antes de esto, ¡mejor! Así nos vamos conociendo. Citando a un prócer mexicano: “¡si ya saben cómo soy, para qué me invitan!”. En segundo lugar, tenía mucho sin hacer una referencia así, y si tú la entendiste y la disfrutaste, automáticamente me vas a caer bien. Y, en tercer lugar, esta columna será breve, aunque quizá no tanto como mi “broma” lo sugería, porque en realidad no hay mucho qué decir al respecto.

Uno de los grandes miedos y prejuicios que tiene la gente externa al arte, es decir, que ni lo practica, ni lo estudia o lo consume con regularidad, versa sobre la dificultad que pareciera tener. Ojo, esto no es culpa de nosotros, o, al menos, no de la mayoría. De esto es culpable la misma sociedad que se ha encargado de llenar nuestro círculo de estereotipos: que si los artistas o estudiosos del arte somos pretenciosos, egocéntricos y que pensamos que solo un genio “único y diferente” como nosotros es capaz de interpretar “x o y” obra. Créanme, la mayoría no somos así. Que existan algunos “colegas” así no es ni mi responsabilidad ni mi problema.

Pero, volviendo al tema: no, no se necesita ser un gran conocedor del arte para saber apreciar una obra. Ejemplo muy simple: quiero que todos y cada uno de ustedes piensen en una pintura que les guste, no hace falta que se sepan el nombre de la obra o del artista. Esa pieza nos gusta, muy seguramente, porque logra “tocarnos”, mover algo en nuestro interior. Su valor artístico es tal que nos hace experimentar una vivencia estética, de cualquier tipo. Y no importa si sé que es por la técnica, los símbolos, los trazos o el juego de claroscuros.

Obvio, saber más siempre es útil. De tal forma, si dos personas están paradas frente a una misma obra, aquella que sepa más tiene mayores probabilidades de adentrarse en los distintos niveles de esa pieza de arte y, por lo tanto, sacarle mucho más “jugo” al juego con ella (como diría Gadamer).

Eso es, para un servidor, precisamente lo hermoso de estudiar un arte. Antes de estudiar literatura, a mí me maravillaba cómo era posible que autores como Borges, Rulfo, Dávila o Garro fueran capaces de hacer que las palabras más comunes sonaran tan diferente; me impresionaba la capacidad de crear ambientes terroríficos de King, Lovecraft y Poe; me volvía loco con la prosa tan afilada como cuchillo de Quiroga, Shelley o Camus; quería arrancarme los cabellos con los mares tan profundos en los que nadaban los personajes de Calderón de la Barca o Unamuno.

Sin embargo, en cuanto empecé a entender cómo es que dichos autores lograban realizar todas y cada una de sus proezas, el placer que me brindaba la lectura se multiplicó por quince. No lo voy a negar, a veces me gustaría volver a tener la inocencia de aquellas primeras lecturas. Pero no tardo mucho en recordar las lecciones aprendidas en mi licenciatura, y, tarde o temprano, arremeto contra las letras con la espada desenvainada, dispuesto a saciarme del goce estético al que me hice adicto siendo un adolescente.

En resumen, no, no se necesita saber de arte para disfrutarla. Ella es tan humana, que, de alguna forma, logra comunicarse con todos los que presten oídos atentos para escucharla, como si fuera el mejor de los políglotas. El arte, como el amor, siempre encuentra la manera.

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