¿Cuándo se terminarán las artes?

Por: Alex Haro

Con total seguridad, la columna de hoy será demasiado corta y no le hará justicia al tema en el cual se inscribe. Muchos podrían pensar, con este tipo de revelación, ¿qué clase de escritor es Alex para avisar, desde el inicio, que su texto no cumplirá con su objetivo principal? Muy sencillo: soy demasiado honesto como para tratar de hacerles creer que he descubierto la verdad como un dios supremo y que, por la humildad que me caracteriza, vengo a ofrecérselas a ustedes, insulsos mortales, como un regalo. No.

Sin embargo, como en todas las entradas, haré lo posible por dar mi opinión de forma concreta y directa sobre una pregunta que me ha estado rondando la cabeza en los últimos días. Y, como usted, apreciable lector, podrá haber notado por el título, no se trata de un cuestionamiento sencillo. Esta duda nace, sin lugar a dudas, de una de esas “crisis existenciales” que me ha aquejado a lo largo de esta tortuosa pandemia.

Y no, por “crisis existencial” no me refiero a ese momento de tristeza luego de cortar con tu novio o novia con quien llevabas dos semanas y ya se juraban amor eterno, como Rocío Dúrcal. No. Hablo de esos puntos en la vida, inevitables para cualquier humano, en el que todo a tu alrededor (existencia) comienza a parecer un sinsentido absoluto (crisis).  Esos instantes en los que dudas de la validez y realidad de todo cuanto observas, sientes y piensas. En fin, volviendo al tema, la pregunta es: ¿algún día se morirán las artes? Y, en caso de que sea así, ¿cuándo será?

Como muchos de ustedes habrán experimentado de primera mano, la pandemia global en la que estamos inmersos desde hace un año ha cimbrado todas las bases en las cuales estaba sustentada nuestra existencia. Y los artistas no hemos podido escapar de la onda expansiva de esta bomba atómica que ha caído sobre nuestra especie. No sorprende, entonces, que el devenir del arte, y de los individuos que vivimos de ella, haya entrado en un limbo de confusión y temor. No es para menos.

Quizá no es el caso concreto de la literatura, pues, en palabras de Paul Auster: “la literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación entre dos seres humanos”. Nuestra disciplina tiene grandes bondades, y una de ellas es la atemporalidad de la que podemos gozar los escritores. Si tengo suerte, mi libro, Quimeras bajo la cama, seguirá vivo muchos años después de que mi cuerpo haya sido depositado varios metros bajo tierra. Aunque, familia, si leen esto, recuerden que yo siempre he sido partidario de la cremación.

La literatura, gracias al carácter de perduración que otorga la escritura, es un arte que se puede dar el lujo de sobrevivir a décadas y siglos, siempre y cuando cuente con la calidad y suerte suficientes. Habrá algunos autores cuya calidad sea tan limitada que no merezcan la perduración (ruego a Dios que no sea mi caso); y la historia tiene muchos ejemplos de obras que no llegaron a nuestros días por tragedias y los inciertos caprichos de los dioses (para prueba, véase el incendio de la biblioteca de Alejandría).

No obstante, la crisis económica que ha generado la pandemia está golpeando con mayor rudeza otras ramas artísticas. Es el caso, por ejemplo, de cientos de músicos y actores que han perdido el trabajo, pues su labor requiere, forzosamente, la presencia de un público. Y, si bien es cierto que se ha buscado la forma de resarcir estas carencias, con presentaciones digitales haciendo uso del streaming, esta crisis económica artística nos ha llevado a hacernos la pregunta: ¿algún día dejarán de existir las artes?

Mi respuesta, evidentemente, es que no. Y trataré de que mi explicación sea breve: aunque definir el arte es un proceso complicado, al grado de que existe el “chiste interno” dentro de cada disciplina sobre la dificultad de hacerlo, ya sea para literatura, música o pintura, es un hecho que el arte está adherida a nuestra propia naturaleza y condición de seres humanos. Prueba de ello es la necesidad que tenían nuestros antepasados en cuevas por expresar.

Porque, precisamente, eso es el arte: expresar. El artista es verdadero el día que pretende decir algo nuevo, señalar aquello que nadie más es capaz de ver, denunciar lo que tiene en frente y que, sabe, es necesario que lo observen el resto de personas. Y para lograrlo utiliza todos los recursos que su disciplina le puede ofrecer, creando nuevos y actualizando los viejos, si es el caso de un artista con maestría suficiente como para reinventarse.

Pero el arte no es solo expresión, también es emotividad y pasión; es la dulce frontera donde se entrecruzan y difuminan lo onírico, lo surrealista, con el espejo más terrible y honesto del mundo; el punto del horizonte donde se tocan el cielo y el infierno. El arte es todo aquello a lo que volvemos cuando necesitamos recordarnos que somos seres humanos, y que nuestra alma vibre a un ritmo muy particular, ni natural ni artificial; que no parece ser creado por un demonio pero que ningún dios, por más grandioso que fuese, podría originar.

A lo mejor estoy exagerando al decir que el arte no terminará pues, como bien sabemos por nuestra propia naturaleza finita, humana al final de cuentas, todo principio tiene un desenlace. Sin embargo, mientras exista una sola persona en el planeta, el arte estará vivo. Quizá no como el bosque maravilloso que hemos sido capaces de crear con tantos años, artistas y obras. Pero hasta la más mínima semilla carga consigo el potencial artístico como para salvar a toda una civilización. El potencial suficiente para proteger y arropar a toda una especie.

Estamos hechos de arte. Es lo que respiramos, la sustancia que transita por nuestras venas, el maná del que se alimenta nuestra alma. Y, mientras haya una sola persona que lo recuerde, el arte no se acabará.

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