¿A poco no te cansas de leer?

Por: Alex Haro

Una de las creencias más grandes de todo estudiante de literatura, letras, y derivadas. Frase perteneciente al cúmulo de dichos comunes que escuchamos en cuanto ingresamos a la carrera, junto con: “ya deja de leer y ponte a hacer algo de provecho”, “¿y eso para qué sirve o qué?”, o, una de mis favoritas, “te vas a quedar ciego de tanto leer”.

Cuando entras al primer semestre de una carrera de literatura, y te toca vivir el acostumbrado protocolo de levantarte, decir tu nombre y presentarte, escucharás que la gran mayoría de tus compañeros y tú tendrán algo en común: “ay, es que a mí me gusta mucho leer”. Suena obvio, ¿no? Si estudias letras, mínimo tienes que tener esa costumbre. Aunque, como varios de mis colegas podrán recordar y confirmar, nunca faltan los “estudiantes” de letras que ni siquiera leen. (De verdad).

Ahí es donde comienza la escalada de la campana de Gauss. Sí, todos nosotros leíamos, y mucho, antes de entrar a la carrera. Pero, tan pronto empiezas a estudiar, descubres que tendrás que triplicar, al menos, tu cuota de libros leídos al mes o a la semana. Todo buen estudiante de literatura tendrá, en algún punto de la licenciatura, que pasar varias noches en vela para terminar determinado libro.

Y, aun así, muchos de nosotros seguimos leyendo por cuenta propia. Tan pronto como aparecen tus vacaciones, ya estás decidiendo qué libro vas a comenzar y, al final del día, terminas pasando tu tiempo libre de la misma forma que durante el semestre.

Entonces, tus familiares y amigos te hacen la mítica pregunta: ¿qué acaso nunca te cansas de leer? Dependiendo de tu edad, tu avance en la licenciatura y tu nivel de fatiga, es muy probable que contestes con una risita de complicidad y vuelvas a meter la nariz en el libro que te estabas echando antes de que te interrumpieran.

Sin embargo, pensémoslo bien, sin sentimentalismos ni clichés de por miedo, ¿alguna vez nos cansamos de leer? En la opinión de este humilde servidor, y a riesgo de echarme encima a todo mi gremio, quienes llorarán por lo bajo mientras agarran a su Harry Potter por los oídos para que no me escuche y no se ofenda, yo creo que sí. Eventualmente, nos cansamos de leer.

Desmenucemos este asunto de a poquito. En primer lugar, desde el punto más básico del mundo, leer es una actividad físicamente agotadora. Ojo, no me refiero a que terminando una novela te encuentras en el mismo nivel de cansancio que una persona que acaba de ir al gimnasio. Evidentemente no. No obstante, al igual que todas las actividades, la lectura requiere tiempo y, por ende, energías.

Esto lo puede confirmar cualquier lector: sabes que he sido una sesión intensa de lectura cuando terminas de leer y, como por obra de magia, todos los músculos de tu espalda, que habías ignorado por la atención destinada al libro, cobran vida y grita con lo más profundo de tu ser.

Por si fuera poco, todos los estudiantes de letras, o al menos la gran mayoría, debemos cambiar la gradación de nuestros anteojos en algún punto de la licenciatura. Leer te consumo los ojos. Y si padeces de jaquecas constantes o, peor aún, migraña, vas a sufrir mucho durante varios días. Con esto quiero decir que, desde el punto de vista corporal, leer es exigente.

Sin embargo, el cansancio físico es lo menos importante del proceso del agotamiento lector. La literatura, así como te da vida, te consume a nivel emocional. ¿Quién sale completo después de una lectura dolorosa? Solo aquellos que no la leyeron de verdad. Todos nosotros tenemos, en nuestra alma, pequeñas cicatrices que te hicieron los libros. Tanto así que, cuando escuchamos el título de esa obra, no podemos evitar decir: “uf”, mientras recordamos las amargas lágrimas que liberamos.

Por último, y lo más importante para mí, leer cansa porque, al final del día, ¡es un trabajo! Claro, la lectura recreacional puede que jamás te agote. ¿Quién se harta de divertirse? No obstante, cuando una persona debe analizar constantemente textos, desentrañarlos en todos los niveles de sentido que pueda, está trabajando; aunque muchas personas no lo entiendan e, incluso, no lo valoren como tal. La literatura, cuando se profesionaliza, es un empleo como cualquier otro.

Por eso mismo, yo siempre he estado en contra de la famosa frase: “si haces lo que te gusta jamás vas a tener que trabajar”. Vamos, entiendo cuál es el punto. Supongo que la gente lo dice para aclarar que un trabajo, cuando es disfrutado, se vuelve mucho más sencillo. Y en eso estoy completamente de acuerdo. No solo se vuelve más fácil el empleo cuando te apasiona, sino que lo haces con mayor gusto y te vuelves mejor en él.

Sin embargo, decir que porque haces lo que te gusta nunca vas a sentir el rigor o la carga del trabajo, es un completo error. No conozco un solo estudiante de literatura que haya pasado toda la carrera diciendo: “no, si yo ni cansado estoy, mírame: me dormí a las cinco de la mañana para acabar la novela que me hizo falta; descansé como veinte minutos porque tuve que levantarme, bañarme y tomar el camión para acá; tengo tanta hambre que, en el examen, no pude pensar en otra cosa que no fuera la tortita de tamal que me iba a echar al salir; pero yo estoy entero, ¡si estoy haciendo lo que me gusta!”.

No. Leer es un trabajo. Y, volviendo al punto, requiere mucho esfuerzo y dedicación que, tarde o temprano, agota a cualquiera. Yo mismo he tenido que tomarme “vacaciones” de leer, sobre todo al terminar un semestre particularmente exigente. Al final, a los cuatro o cinco días volvía a las andadas. Pero ya no era lectura ocupacional, era lectura absolutamente recreativa.

Los verdaderos apasionados de la literatura, que devoramos libros como si fueran taquitos placeros, sí nos cansamos de leer, y nos recuperamos leyendo todavía más.

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