¿Qué se estudia cuando se estudia literatura?

Por: Alex Haro

Como lo he manifestado en anteriores ocasiones dentro de esta misma columna, uno de los prejuicios más comunes hacia las carreras sobre literatura es la pretensión, un tanto ridícula, de que la licenciatura consiste en “solamente leer”. Al igual que el resto de prejuicios negativos en la sociedad, esta idea absurda nace de la ignorancia misma. Fuera de los ambientes artísticos, la gente no sabe bien a qué se dedican los estudiantes de letras y, mucho menos, los artistas en sí. Por eso, la mayoría de personas no entiende, respeta y, sobre todo, no valora las artes; porque son completamente ajenas a ellos.

Vamos, el prejuicio no es absolutamente falso. Sí, una de las principales labores del estudiante de literatura es leer, ¡obvio! Pero no es lo único que se hace. En las clases de análisis literario jamás ocurre una dinámica del tipo:

―A ver, muchachos, ¿leyeron El sí de las niñas?

―Sí, profesor.

―¿Me pueden decir de qué trata?

―Ah, pues de un señor que se quería casar con una muchacha, pero que luego se entera de que ella está enamorada de su sobrino, y tiene que decidir lo mejor para ellos.

―¡Perfecto! Tienen diez, nos vemos la siguiente semana.

¡No! ¡Jamás! Leer es, tan solo, una pequeña parte del proceso del análisis literario. Es como si pensáramos que los estudiantes de historia solo tienen que memorizar datos y fechas. ¡Tampoco! Si fuera el caso, bastaría con que todos los estudiantes de literatura leyéramos un resumen de la obra en internet (aunque muchos sí lo hagan).

El estudiante de literatura debe analizar la obra para dilucidar cuál es su valor artístico y qué es lo que, precisamente, la hace ser una pieza de arte. La labor es, en resumen, entender qué procesos intraliterarios hacen de un texto una obra digna de llamarse “arte”. Por lo tanto, el interés principal, siempre, debe ser el documento en cuestión.

Antes del siglo xx, el estudio de la literatura era, simple y sencillamente, un repaso de historiografía artística. En otras palabras, las personas “estudiaban” cuándo se había publicado una obra, quién la realizó y de qué trataba. No fue hasta los formalistas rusos que el estudio por la obra literaria se centraba, precisamente, ¡en la obra literaria!

Ellos comenzaron a entender y perfilar la importancia de partir del estudio del arte a partir de las obras mismas. Por lo tanto, a partir de ese momento, la labor del estudiante de literatura es comprender cuál es la sustancia artística que pueden poseer los textos. De esta manera, son los expertos los que tienen la capacidad interpretativa y analítica de establecer por qué los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, por poner un ejemplo, son artísticos; y, a la vez, por qué “inserte aquí su libro de literatura ‘basura’ favorito” no lo es.

Si bien la instauración de la “academia” puede ser contraproducente, puesto que, como en todo lo social, pueden existir luchas de intereses, corrupción y demás aspectos negativos que “ensucian” las obras, es muy importante no perder de vista cuál debe ser el objeto de estudio. Antes de meternos a pelear con aspectos filosóficos, sociales, mercadológicos, antropológicos, didácticos o cualquier otro por el estilo, el análisis artístico debe partir de la obra de arte.

Suena a pleonasmo, lo sé, pero no tienen idea la cantidad de ocasiones en las que, con miras a justificar un argumento o ideología, desvirtuamos el producto artístico en función de nuestros intereses personales. Como diría un profesor de la poderosa Facultad de Humanidades: “no debemos usar al texto como pretexto para hablar del contexto”.

Sí, la obra de arte literaria, como el resto de obras artísticas, siempre pueden llevar a discusiones y argumentos de cualquier índole; es una de sus magias, de hecho. Sin embargo, no debemos olvidar, jamás, que lo más importante es la obra en cuestión y, con ella, las características inmanentes que la hacen artística… o no.

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