El arte de ser feliz

Por: Lic. Ximena Torrescano

Se dicen muchas cosas acerca de aquello que con celo y desesperación busca el ser humano a lo largo de su vida: la felicidad, que se ha convertido en el fin último del hombre. Aristóteles fue de los primeros filósofos que llevó a cabo escritos entorno al concepto de la eudaimonia, que en opinión mía: es un término de lo más etéreo e inaprehensible que existe, que, a su vez, resulta necesario formar un análisis minucioso de aquello que sea la felicidad, ya que, de manera inevitable el tema amerita y debe tratarse con vitalidad, importancia y seriedad. Por esta razón, han de emplearse todas las fuerzas humanas a medida que se va la vida entera buscando aquello que la cause, sin siquiera detenerse a reflexionar ¿Qué significa exactamente ser feliz?  y ¿Cómo llegar a serlo verdaderamente?

Naturalmente, no se trata sólo de comprender y descifrar el concepto de felicidad, sino de vivirlo, y procurar la mayor cantidad de bienes, tanto interiores como exteriores para que se incrementen el júbilo y la dicha, estados de ánimo a los que se pretende llegar. Ejercicio que corresponde a cada uno de nosotros, de manera personal.

Por lo que a mí respecta, cuanto más pienso: dónde situar mi felicidad, más me confundo y más hondo caigo en el abismo de la incertidumbre. De igual manera, me resulta difícil responderle al transeúnte que pregunta con ojos inquietantes: ¿Si es que los filósofos tenemos algún secreto, recetario o manual? Que pueda ayudar a los demás en la búsqueda de la felicidad; me limito a responder que, lo que menos puedo hacer; es recetar dosis precisas de aquella volátil sustancia que cada uno de los seres humanos ha de empeñarse afanosamente en buscar.

Ciertamente, la felicidad es uno de los fenómenos fundamentales de la existencia humana, quizá el máximo por excelencia. Se trata de un temple anímico de lo más simple y complejo a la vez. Es un estado de ánimo que produce placer y júbilo al encontrarse alejado el dolor y la angustia. La felicidad, es un tesoro invaluable para quien la encuentra. Es esperanza para el desdichado que sueña con un mejor mañana; y fuente de jovialidad para quien sueña continuamente con bañarse en mares de alegría.

No resulta extraño que este estado de ánimo tan sui generis, placentero y casi divino, sea al que todo ser humano tienda de manera casi gravitatoria. Me atrevería a añadir a la definición Aristotélica del hombre lo siguiente: “El ser humano es un animal político que tiende de manera frenética a la búsqueda de su propia felicidad”. Si se piensa detenidamente cuanto hacemos en la vida, es posible obtener como resultado, que cada una de las acciones, proyectos, actividades, recreaciones, etc., tienen como fin la búsqueda del —mayor placer y la supresión del dolor—, esta máxima epicúrea es tan cierta y clara que difícilmente podría debatirse.

Por ejemplo, cuando eliges a lo que te dedicarás el resto de tu vida. La carrera que se elige, va encaminada a la búsqueda de nuestra felicidad, algunos la hallarán en el fruto económico, otros en el beneficio espiritual que les produce la vocación a la que fueron llamados para realizar y que desempeñarán el resto de sus días. Otra ocasión es, cuando se eligen a los amigos, donde naturalmente se selecciona a aquellos individuos en cuya compañía se está más a gusto y con quienes se pueden realizar actividades que surgen de un interés en común, encaminadas al goce y al disfrute compartidos. Lo mismo sucede al elegir pareja, se elige a aquel con quien se gozan en sintonía las alegrías y gustos máximos de la existencia; persona con quien se proyecta un futuro envuelto en dicha. También sucede con los deportes que prácticas, o las actividades recreativas en que te ves involucrado, que tienen como finalidad regocijarse en alegría, pues se trata de placeres que te motivan. En suma, cualquier actividad por trivial o insignificante que parezca, va encaminada al bienestar del cuerpo y del alma, sólo falta prestar un poco de atención y resultará evidente que así es la manera en la que se conduce el ser humano.     

Sin embargo, en la cualidad socrática, pareciere que, en ocasiones nos equivocamos en la búsqueda de este bien supremo, que es la felicidad.  Ya sea por ignorancia, por desconocimiento el ser humano, o quizá, porque muchas veces el ser humano emplea sus fuerzas en proyectos vanos, que pueden llegar a ser o son, incluso perjudiciales, de tal manera, que ignora el malestar posterior que se engendrará en su ser tras realizar determinada acción.  De este modo cada uno se vuelve artífice de sus propias desgracias, pero claro está, sin quererlo o sin saberlo, pues resulta ilógico pensar, que alguien busca su propio malestar per se. Incluso, en el caso del suicidio, lo que se pretende es un bienestar posterior ante la búsqueda de la supresión del dolor, que se experimenta en la vida. El suicidio es visto por quien lo ejerce; como un remedio que terminará con sus males y traerá consigo, un descanso eterno. Visto así, es incuestionable que: absolutamente todo en la vida humana, tiene como fundamento y móvil la búsqueda de la felicidad.

Schopenhauer es uno de los filósofos modernos que se encargó de elaborar un estudio exhaustivo al respecto, el cual lleva por título “Eudemonología o el arte de ser feliz”. En donde, siguiendo algunas de las propuestas Aristotélicas, da cuenta de la imperiosa necesidad que existe en torno al concepto de la felicidad y los modos en que un individuo puede conseguir su bienestar.

No cabe duda que: sólo aquel que puede alejarse un poco de su objeto de estudio podrá definir a cabalidad aquello que examina. Respecto a este tema, es conocido Schopenhauer por ser un filósofo pesimista al que se cuestiona ¿Qué tanto puede aportar? Respecto a un tema tan antitético a su visión del mundo. Paradójicamente el autor nos deja una exquisita obra, en la que ilustra a más de uno, en la temática que se viene esbozando.

Para el filósofo Arthur Schopenhauer existen tres cosas fundamentales, que favorecen o perjudican el estado de ánimo de todo ser humano: “Lo que uno es”, “Lo que uno tiene” y “Lo que se representa”. Conviene hacer un análisis más detenido de cada una de estas categorías.

Pero antes, es importante señalar que la experiencia que cada persona tiene del mundo se compone de dos elementos: El sujeto y el objeto. Es preciso decir que la parte objetiva es azarosa, y muchas veces la poca interferencia que puede tener el individuo sobre su circunstancia de vida es concreta; por otro lado,  la parte subjetiva está en nosotros mismos, puede ser modificada,  y en una palabra refiere a nuestra particular manera de ser. Una vez señalado este punto, resulta incuestionable que una persona repleta de riquezas interiores y poseedora de bienes espirituales, sea quien combata fácilmente el tedio y la zozobra que acompañan a la vida, de este modo resultará más sencillo que pueda conseguir la felicidad.

Dicho esto, la primera clasificación, es decir, la que alude a “Lo que uno es”, refiere a la personalidad en su más alto sentido, Schopenhauer la explica de la siguiente forma: “Por consiguiente se comprende aquí la salud, la fuerza, la belleza, el temperamento, el carácter moral y la inteligencia y sus manifestaciones” (Schopenhauer, 2013: pág. 15). Para el autor, esta esfera es la de mayor importancia, ya que la felicidad de todo ser humano tiene su centro de gravedad en sí misma. Es decir: la fuente principal del temple anímico; radica en la manera en la que cada uno se conduce en el mundo y el modo en que lo percibe. Para Schopenhauer, el mundo en que vivimos depende casi completamente de la manera en que lo concebimos.

Como ya se dijo líneas arriba, el secreto radica en la parte subjetiva del individuo, pues: “No es lo que son objetivamente y en realidad las cosas, sino lo que son para nosotros, en nuestra percepción, lo que nos hace felices o desgraciados” (Schopenhauer, 2013: pág. 31) Así es, se trata de lo que uno es, y el modo que hace frente a su existencia.

En ese sentido, difiero de la idea de Schopenhauer, que asegura mayor felicidad a los espíritus más inteligentes, que a pesar de las dificultades y angustias que la conciencia pueda traerles; son quienes pueden hacer frente al tedio que la vida llega a causar.  A mi parecer, no se trata de la inteligencia, sino de la sensibilidad. La sensibilidad que permite; que se produzcan goces estéticos como el acto simple de oler una rosa en el jardín, pues si bien, la inteligencia puede sofocar temporalmente el aburrimiento y la monotonía causadas por la existencia, sólo el espíritu que posee una sensibilidad casi artística, podrá salir avante de la adversidad y encontrar belleza en sitios variopintos.

Que quede claro con esto, la esfera más importante para conseguir la felicidad, refiere justamente al compendio de riquezas interiores; que cada uno por medio de su sensibilidad y capacidad receptiva ha de ir ordenando dentro de sí mismo; de tal manera, que cuando las inclemencias de la vida alcancen al individuo, éste se halle revestido; cual gladiador del magnífico arsenal interno, con el que podrá defenderse del infortunio y las tragedias del exterior.

Por otra parte, es importante mantenernos conscientes de que la existencia misma encierra en su seno la posibilidad de tornarse trágica y desventurada. Sería un error creer que el estado anímico de la felicidad eufórica deba mantenerse sin altibajos a lo largo de la vida. Hemos de aprender que las desdichas, la pobreza, la miseria y el odio, forman parte de la vida misma, y lo que queda, es, descubrir cómo suprimir la mayor cantidad de dolor y angustia; que pueda presentarse en el alma. Solo de este modo, se podrá llegar a un estado de Ataraxia, es decir, un estado anímico en el que todos los movimientos del alma se equilibran y mantienen imperturbables ante las inclemencias del exterior, manifestándose, entonces, una auténtica ecuanimidad.

Esta tranquilidad del alma de cuño estoico y en gran medida oriental, es para Schopenhauer, uno de los estados más próximos al Nirvana, ya que lo importante es aprender a desasirse de todo cuanto ofrece el exterior, y centrarse únicamente en la riqueza de sí mismo. Es así, que no pareciere tan trillado pensar, que sólo el sabio puede llegar a ser verdaderamente feliz a partir del dominio de sí mismo. El sabio no camina con temor ni cautela; pues es grande la confianza en sí mismo, que no vacilará en salir al encuentro de cuanto le deparé la vida ya que: “Previendo todo lo que puede suceder como que va a suceder, mitigará las acometidas de todas las desgracias, pues no entrañan ninguna sorpresa para los que están preparados y aguardándolas” (Séneca, 2014: pág. 233)  

Similar al estoico, quien se encuentra preparado ante las calamidades y las tragedias, para que éstas no le sorprendan desprotegido ni mal parado. Schopenhauer, a este propósito, advierte que, es necesario resguardarse en uno mismo, con ayuda de la vida intelectual propia, ya que esta se comprende, como una de las riquezas del interior, dicho con las siguientes palabras:

Protege no sólo contra el tedio, sino también contra sus perniciosas consecuencias. Resguarda en efecto contra las malas compañías y contra los numerosos peligros, las desgracias, las pérdidas y las disipaciones a que uno se expone al buscar su felicidad en la vida real. Así a mí, por ejemplo, mi filosofía no me ha dado a ganar nada, pero me ha ahorrado mucho” (Schopenhauer, 2013: pág. 50)

Con esto queda explicado, que la felicidad para Schopenhauer, será la supresión de las violencias que provengan del exterior, así sólo, desde el propio centro de gravedad, podrá uno mismo mantenerse imperturbable, quizá sin ganancias aparentes, pero qué mejor que evitarse dolores inmensos.

Siendo así, vimos ya, que, para Arthur Schopenhauer, existen tres cosas fundamentales que favorecen o perjudican el estado de ánimo del ser humano. La esfera de “Lo que uno mismo es”, resulta ser la que concentra las nueve décimas partes de la felicidad subjetiva. Repasemos de manera brevísima, las dos esferas faltantes: “Lo que uno tiene” y “Lo que se representa”.

Teniendo en cuenta, que jamás resultará despreciable regocijarse en “Lo que uno tiene”, puede ser el patrimonio personal; que ciertamente produce un grato sentimiento de seguridad ante la pobreza, o por ejemplo, las casas que se puedan llegar a poseer; serán causa de alegría, ya que se cuenta, al menos, con un lugar al cual dirigirse y resguardarse de la intemperie y de los peligros de la naturaleza. También los negocios que generen ganancia económica, serán fuente de goces, ya que, con ello, podrán subsanarse las necesidades básicas que todo ser humano tiene, como la alimentación y el vestido, mismas que, sin las cuales, difícilmente se puede llevar una existencia digna.

Lo mismo ocurre con la afanosa búsqueda de poseer dinero por sí mismo, y tener como última meta, hacerse de una fortuna económica. No es un proyecto del todo disparatado, ni mucho menos alejado de la felicidad, pues resulta, explica Schopenhauer: “Muy natural, casi inevitable, amar lo que semejante a un Prometeo infatigable, está dispuesto en todo instante a tomar la forma del objeto actual de nuestros deseos tan cambiantes o de nuestras necesidades tan diversas” (Schopenhauer, 2013: pág. 61). Por lo tanto, el dinero, y en general todo “Lo que uno tiene”, también juega un papel de suma importancia en la constitución de nuestro bienestar.

Por último, la categoría de “Lo que se representa”, aquella que se refiere a la opinión que los demás tengan sobre nosotros, acción que a menudo suele estimarse en demasía y que afecta de sobremanera nuestro estado de ánimo. El hecho de que se mantenga una buena reputación, conservar el sentido del honor y del respeto por parte de los demás, produce una existencia más placentera. Difícilmente puede un individuo sentirse a gusto, cuando la opinión que tienen sus congéneres sobre él resulta negativa y de algún modo le es dañina y hasta humillante. Por otra parte, es importante aprender a moderar la susceptibilidad humana que se tiene; con respecto a la opinión de los otros, se trate de elogios o difamaciones. Hemos de cuidar a toda costa, no convertirnos en esclavos de la opinión.

Como resultado, han quedado esbozadas las tres categorías que van detrás del criterio de Arthur Schopenhauer, que configuran la felicidad humana. No queda más que reconocer, la importancia que envuelve al presente tópico. Que de ninguna manera resulta de poca monta, todo lo contrario, mucha mayor luz habrá de producirse sobre temática tan fecunda y apasionante, que parte de la verdad dentro de la dimensión humana:  El fin último de todo hombre, es la felicidad.

Una respuesta a “El arte de ser feliz”

  1. Licenciada Ximena Torrescano.
    Créame, he leído su texto y me sorprende la reflexión filosófica de la felicidad, en un lenguaje dotado de tal eudaimonia, que la extrañeza de las palabras se nos hace elemental: “Lo que uno tiene” y “Lo que se representa”. Considero que más allá de toda conceptualización, las categorías logran el tríptico elemental de ser en el mundo. Ser en búsqueda de… nómada gregario de sentido.
    Gracias por este maravilloso regalo.
    Farid Villegas Bohórquez

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