«Presentando a un hereje contemporáneo» introducción a la puta de Babilonia

Está escrito que al árbol se le juzga por los frutos. La iglesia ha producido demasiados frutos malos como para pensar que no ha habido un error de partida

Simone Weil

Por: Lic. Ximena Torrescano

A lo largo del texto que lleva por nombre “La puta de Babilonia” escrito por Fernando Vallejo, el lector puede encontrarse con una crítica mordaz dirigida a la institución eclesial, sus representantes, así como buena parte de las injerencias políticas y sociales que dicha institución ha tenido a lo largo de la historia. Es importante señalar que el escritor es un acérrimo detractor de la iglesia en todo su sentido, tanto por lo que ha sido institucionalmente desde sus inicios hasta la actualidad. También por el dogma mismo que representa e implica, así como el modo en que ha servido para desplegar y justificar instrumentos de poder y coerción, la mayoría de las veces, sumamente violentos e injustos.

Desde las primeras líneas del texto, puede notarse, a partir de una gran cantidad de adjetivos despectivos, la manera en que Fernando Vallejo recrimina y ataca a la iglesia por el exceso de poder amasado a lo largo de siglos de abusos e iniquidades efectuadas en nombre de Dios. Con tono sarcástico, ofensivo así como lo suficientemente despiadado en su lenguaje como para haber sido fuertemente castigado en otra época, Fernando Vallejo efectúa un recorrido erudito, aunque quizá no lo suficientemente documentado, de las principales iniquidades arremetidas por la “puta de Babilonia”, cual nombra a la institución eclesial en reiteradas ocasiones.

El autor, haciendo un recuento de gran cantidad de vicarios de Cristo o Papas, denuncia de manera genérica y particular a todos aquellos a quienes considera absolutamente corruptos y corruptores de almas, Inocencios, Bonifacios, Clementes, Píos, no importa el nombre porque para él todos ingresan en la misma definición como pornócratas, asesinos, azuzadores de la inquisición, promulgadores de bulas en contra de brujas, judíos y supuestos herejes, papicidas, promiscuos, homosexuales, necrófilos y ¡santos! Gran cantidad de crímenes son los que Fernando Vallejo denuncia a la institución bimilenaria a lo largo de estas páginas.

Sin perder la oportunidad de señalar el patrocinio que reyes como Fernando e Isabel (perseguidores de moros y judíos) hicieron de instituciones como el santo oficio, Vallejo describe cómo la inquisición, o  aquel instrumento eclesial que, sin duda, representó un perverso mecanismo de coerción, tortura e inhumanidad permitió a individuos como Torquemada la imposición de pena a más de 140 mil personas y la quema de más de 10,000 almas juzgadas como culpables; así como la oportunidad que representaban éstas muertes para los dirigentes eclesiales y allegados, en tanto que les permitían apropiarse de los bienes y riquezas del hereje al que “le hacían el favor” de salvar su alma a costa de la perdición de su cuerpo. En este sentido, papas inquisidores como Urbano VII y reyes católicos hicieron excelente mancuerna para la consecución de enorme cantidad de crímenes en nombre del Santo Padre.

Por otra parte, no pueden dejar de mencionarse las cruzadas o “guerras santas y justas”, que para Vallejo no fueron otra cosa más que campañas de exterminio efectuadas por los lobos pertenecientes al rebaño de Cristo, quienes representaban el brazo armado del papa en turno, mismo que gozaba de inmunidad e impunidad al demostrar con horror el poder y autoridad capaz de ejercer sobre almas piadosas o herejes por igual.

Las cruzadas contra judíos, musulmanes, brujas, herejes, o todo aquello que se moviera, representaron sin duda, eventos lamentables y merecedores de toda reprobación dentro de buena parte de los capítulos de la institución eclesial a lo largo de la historia. Desde la cruzada de los albigenses, la segunda patrocinada por Bernardo de Claraval, la tercera del arzobispo Guillermo de Tiro, la cuarta ordenada por un Inocencio III, que de Inocente nada tenía, entre muchas otras campañas de exterminio en pos de recuperación de territorio santo y reliquias santas, han sido eventos criminales que la iglesia como institución ha acometido contra la humanidad, en ello hay razón por parte de Vallejo al denunciar abiertamente, pues se trata de la masacre de miles de inocentes a raíz de una idea radicalizada y sistemáticamente impuesta con violencia y miras al exterminio de disidentes.

De Igual manera es importante mencionar que las ideas enarboladas por la institución en un pretendido intento benévolo por salvar y convertir almas, se han convertido en instrumento de injusticia contra sociedades como la judía quienes de manera histórica se han visto en el infortunio de padecer masacres, confinamientos ante la falta de territorio “legítimo”, repudio generalizado, arrebato de sus bienes, imputación de delitos incluyendo al considerado más grande de todos los delitos, a saber: la crucifixión de Cristo.

Eventos de los que aún hoy en día podemos observar sus resonancias de manera cercana en las infamias acaecidas el siglo pasado durante el holocausto, en el que millones de judíos perecieron de manera cruenta, despiadada por parte de gobiernos totalitaristas, racistas y perfectamente amalgamados con la institución eclesial que permaneció durante tantos años en silencio y dando consentimiento de cuantos terribles crímenes se acometían. A este respecto Fernando Vallejo presenta un rosario de nombres de obispos y papas involucrados de manera activa o con su silencio aprobador en los sucesos del holocausto durante la segunda guerra mundial.

En suma, una gran cantidad de obispos nazis, asesinos, promiscuos, ávidos de poder y riquezas, pero eso sí, “santos” así como buenos hombres. Aspecto que merece el señalamiento por parte del autor quien con coraje, detectando hipocresía ante el supuesto arrepentimiento de papas posteriores como Ratzinger o Juan Pablo II, a quien también critica muy fuertemente, acusa de degenerados colaboradores de la infamia y azuzadores de guerras y muerte. Ni aún con todo el profundo dolor teológico con el que algunos preguntan ¿por qué permitiste esto?; Ni aún con eso Vallejo es capaz de creer un ápice en la bondad y el arrepentimiento posterior de los representantes de la institución misma, quizá con cierta razón.      

Tampoco podemos dejar de mencionar el nepotismo que a lo largo de la historia eclesial a acaecido entre papas, hijos de papas, sobrinos de papas, nietos de papas y cualquier afinidad sanguínea, lo cual representa por sí mismo una contradicción e incongruencia respecto de lo que el dogma ordena referente a la santidad y castidad por parte de los vicarios de Cristo, mandato instituido desde aproximadamente el siglo II para la iglesia occidental. Así, pues, tenemos a figuras de la iglesia como el papa Pío XII quien engendró nada menos que 20 criaturas para la buena comunidad eclesial; sin mencionar a tantos otros papas sobrinos de papas y a saber qué tantas tergiversaciones y relaciones consanguíneas existieron para quienes detentaban y se aferraban al poder, porque ciertamente el mensaje cristiano se hallaba muy lejos de lo que originariamente pretendía ser, ante aquel despliegue nepótico y de terrible bajeza moral de tantos representantes de la institución cristiana.

Se mencionan otras tantas cuestiones como el registro o índice de libros prohibidos que representó otra oportunidad por parte de la iglesia para condenar, no sólo a individuos, sino a ideas, al conocimiento, a la libre expresión, a la manifestación de aspectos diversos de la interpretación del mundo que eran todos catalogados de herejías y expresiones contrarias al dogma cristiano como única forma “correcta” de pensar y efectuar la existencia. Nuevamente, una situación lamentable y obstaculizadora a lo largo del desarrollo histórico de la humanidad.

El negocio de la venta de reliquias, el hecho de que la curia tuviese acciones en el banco de Roma, la excesiva e injusta venta de indulgencias, son otros tantos aspectos que Fernando Vallejo señala con denuedo y animadversión y que fueron causantes de la reforma Luterana en el siglo XVI que pretendía reajustar cuentas con lo que se manifestaban como flagrantes abusos de poder y manipulación eclesiales.

En lo que al dogma refiere y lo que a partir de éste se ha hecho en términos políticos y sociales, el autor tiene también bastantes cosas que decir:

Después de la existencia de Cristo el fraude más desvergonzado de la Puta es la llamada donación de Constantino donde la gran ramera pretendió que era dueña de medio mundo, con el cuento de que el emperador Constantino se lo había dado al papa Silvestre en agradecimiento porque este lo había curado milagrosamente de lepra”  (Vallejo; 2007, 38)

Hago ésta cita textual porque en primera instancia desconocía ésta situación que no pudo sino causarme indignación y un fuerte sentimiento de desaprobación, como tantas otras situaciones que ya he señalado, y que evidentemente resultan  inadmisibles por parte de la Iglesia con su comportamiento histórico francamente reprobable.

A modo de conclusión menciono que, si bien es cierto que el comportamiento histórico de la institución eclesial y la de sus representantes ha dejado mucho que decir, si bien esto nadie lo niega, considero que es importante rescatar el mensaje del cristianismo originario que se encuentra a la base del dogma interpretado con honestidad.

Los evangelios, el maravilloso sermón de la montaña, el libro de sabiduría, los salmos, las epístolas de Pablo, los hechos de los apóstoles, entre muchos otros textos de la biblia, contienen una riqueza doctrinal inigualable de la que pueden ser hallados ejemplos de vida y congruencia que darían motivo para hablar y ¿por qué no? para llevar a la práctica en la vida misma siendo lo más fieles posibles a la axiología que deriva del más grande de los filósofos: Christus, el ungido.

Desafortunadamente somos seres humanos y las verdades eternas nos quedan demasiado grandes, demasiado lejos, demasiado inalcanzables e incomprensibles, por lo que al modo en que el rey Midas convertía en desperdicio todo cuanto tocaba con sus manos, así pues, nosotros los seres humanos pervertimos, destruimos y ensuciamos hasta los más bellos mensajes y conocimientos que nos han sido legados. Todo lo cual manifiesta nuestra imperfección, nuestra deleznable humanidad y, una vez más, la imperiosa necesidad de reinterpretar con genuina buena voluntad el carácter universal que reviste la axiología derivada del mensaje del gran Filósofo de la eternidad.

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