¿Hay edad ideal para comenzar a escribir?

Por: Alex Haro

Alguna vez, un amigo cercano utilizó una expresión para describir a los seres humanos que me pareció fenomenal: “un chango que es consciente de que existe”. Y, como tales, una de las grandes preocupaciones de las personas es el tiempo. Esta inquietud se agudiza conforme se acumula la edad. ¿O qué?, ¿pensaban que el hecho de que sus abuelos dijeran a cada rato “cómo se pasa rápido el tiempo” era de a gratis? En lo absoluto.

Me resulta bastante curioso, entonces, que siendo todavía muy jóvenes, a las personas se les exija que tomen una de las decisiones más complejas que hay: ¿qué quieres hacer con tu vida (a nivel profesional o académico)? Ahora, si esa de por sí ya es una elección complicada de tomar, optar por cualquier rama del arte requiere de una valentía mucho mayor. Les aseguro, sobre la tumba de mis ancestros, que la enorme mayoría de artistas escuchó alguna vez: “no desperdicies tu vida (el tiempo) de esa forma”.

Cuando la gente “abandona” sus sueños durante la juventud, el retiro laboral es la oportunidad perfecta para, por fin, desempeñarse en aquello que siempre desearon. Sin embargo, muchos individuos se desaniman ante la idea, una vez más, del inexorable paso del tiempo y sus efectos en el cuerpo y el alma. “No, ya a mi edad qué carambas voy a hacer pintando (o bailando, cantando, escribiendo o tocando algún instrumento)”.

La pregunta obligada que tenemos que hacernos entonces es: ¿existe alguna edad ideal para comenzar a escribir?, ¿la capacidad artística tiene fecha de caducidad? La historia se ha encargado de responder a esta pregunta más de una vez; y no, no me voy a poner a citar los clásicos ejemplos de las “abuelitas” que aprenden a bailar o cantar a los ochenta o noventa años.

El Marqués de Sade, el autor ideal para provocarte vómito y hacerte cuestionar los límites de la naturaleza humana, comenzó a escribir después de que cumpliera 40 años; una de sus novelas más importantes, Justine, no vio la luz hasta que el hombre tenía más de medio siglo con vida.

Tolkien, el responsable de una tradición fantástica tan maravillosa como impresionante, publicó El señor de los anillos después de que cumpliera más de 60 años; y no fue hasta esa edad que José Saramago comenzó a ser exitoso, y fue hasta casi veinte años después que recibió su premio Nobel.

Bram Stoker, uno de los autores más importantes en el género del terror, empezó a publicar hasta los 43 años, y festejó su cumpleaños número 50 con la publicación de Drácula, un libro más o menos famoso, ¿lo conoces?…

Y sí, sé lo que muchos estarán pensando: “pero la mayoría de escritores y escritoras que alcanzaron la fama en su etapa adulta o de la vejez no comenzaron a escribir en esos momentos”, y tienen mucha razón. Sin lugar a dudas, los diez, veinte o treinta años que tenían de práctica en la escritura fueron tremendamente útiles. No obstante, no son indispensables para recorrer ese camino.

A diferencia de los deportes, por ejemplo, el tiempo no es el peor de los enemigos para los artistas, como sí lo es para los atletas quienes saben que, una vez pasando los cuarenta o, incluso, treinta y cinco años, la capacidad de mantenerse en un alto nivel de competencia se reduce de forma abismal.

Al contrario, el tiempo para los artistas es como la presión: puede crear diamantes o destruir piedras. Con el paso de los años, los escritores adquieren experiencia en la vida que se ve trasladada a la disciplina artística. Ya no es necesario que comience tratando de escribir una novela romántica de jovencitos enamorados, ¡como todos los demás! Esa experiencia ayuda a obtener lo más importante para cualquier creador: la voz propia.

En resumen, nunca es tarde para comenzar una carrera artística. En especial si consideramos que los artistas de corazón, los de hueso colorado, no lo hacen buscando gloria, fama y dinero, lo que sí representaría una lucha constante contra el padre tiempo. Cuando una persona desarrolla el arte por amor, al igual que con cualquier otra relación donde esté el amor de por medio, sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

Y recuerden, amiguitos, no todos podemos ser como Rimbaud…

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