Diversidad, Santidad e igualdad:Una perspectiva ecuménica desde la teología de género.

Por: Lic. Ximena Torrescano

Mucho se ha hablado desde la institución eclesial, el púlpito dominical y la doctrina cristiana de la importancia en la auténtica aplicación de los principios provenientes de la axiología evangélica y las enseñanzas de Jesús en particular. Estos principios que hacen referencia a una praxis especifica que todo cristiano, si se dice tal, debiere seguir y que en su mayoría remiten a un único imperativo que no es otro más que el del amor hacia el prójimo.

Insisto en que mucho se ha hablado ya de esto, pero ya va siendo tiempo de que se analicen también ciertos ámbitos y temas específicos en los que consideramos se incurren en graves incongruencias respecto de la prédica en torno a la práctica evangélica y su ejecución real en la vida cotidiana.

En la encíclica Deus Caritas Est escrita por Benedicto XVI, se delinean conceptos fundamentales para la propia teología cristiana que considera al amor como fenómeno fundamental de la existencia humana, en tanto que divino, y proveniente de manera a priori desde Dios nuestro creador hacia todo el género humano. El amor es el constituyente antropológico y afectivo del que el cristianismo hace su principal piedra de toque, para derivar de él toda la axiología, demandas y preceptos a que conlleva la doctrina social del mismo.

Dios es Amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4 16) Palabras que sin la menor duda representan el núcleo de la fe cristiana y la orientación práctica hacia la que nos invita el propio corazón de los acontecimientos evangélicos.

Así pues, se trata de un Dios que ama a su creación de manera cualitativa, extensiva y universal a todas sus criaturas puesto que él las ha hecho a su “Imagen y semejanza” (Gn 1, 26) y como tal las ama a todas y cada una de ellas en su particularidad y originalidad ¿Cuántas veces hemos escuchado repetir de la boca del párroco que tanto amo Dios a la humanidad que entregó a su único hijo para que todos pudiésemos ser redimidos y salvados de nuestro pecado original? ¿No son estas palabras joánicas reveladoras del auténtico sentido de la religión cristiana? En esa medida, ¿no es el cristianismo bello sobremanera en tanto que se trata del Amor, la caridad y la absoluta bondad que el propio Jesús enseñó durante su vida en cada una de sus acciones? Acciones de un individuo caritativo, amoroso que optó siempre por los más pobres, los desprotegidos, los enfermos, cualquier oprimido que le necesitase. Todo esto porque el amor apasionado del Dios creador hacia su pueblo hacia cada hombre y mujer en particular es el principio creativo de todas las cosas y las acciones en el mundo, unidad a partir de la cual queda claro que el modo de amar desmedido así como bondadoso del Dios neotestamentario representado en la figura de Jesús, es la medida de todo amor entre humanos, esto es, la medida de amor hacia el prójimo.  

En ese sentido Jesús es el auténtico amor encarnado, no se trata solamente de un frio y abstracto logos que se hace carne, sino que es la fusión, el epítome del amor divino hecho carne y sangre. La sabiduría infinita deviene temporal, se materializa, predica con amor y posterior a su muerte nos deja a modo de recordatorio cómo se ha hecho para nosotros verdadero alimento para el corazón y el espíritu por medio del sacramento de la Eucaristía.

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mimos pan” (Co 10, 17) Se entiende entonces que se trata de una unión mística un Corpus Mystico en el que por medio de la comunión en Cristo que es amor, yo quedo por antonomasia unida a todos los demás que son mis congéneres. Hacemos una sola existencia en su sentido espiritual en el que:

 Fe, culto y ethos se compenetran recíprocamente como una sola realidad, que se configura en el encuentro con el –ágape- de Dios. Así, la contraposición usual entre culto y ética simplemente desaparece. En el culto mismo, en la comunión Eucarística, está incluido a la vez el ser amado y el amar a otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma” (Deus Caritas est, pág. 26)

Así, resulta del todo evidente que, una Ekklessia congruente consigo misma no puede nombrarse tal si en su práctica evita la relación dialéctica entre el amor que predica y el proceder concreto que ejerce.

En esa medida, siguiendo la parábola del Juicio final (Mt 25, 31-46) en la que se trata al amor como el criterio para la definitiva decisión sobre la valoración moral de los seres humanos consideramos que es la fe, son las buenas acciones enlazadas a una actitud congruente y abierta a la inter personalidad afectiva, sincera las que nos permiten nombrarnos verdaderos cristianos que se hallan en auténtica comunión y fraternidad.

Así, el amor es, debiere serlo siempre, la única medida que nos impulse por virtud a ser mejores personas unos con otros sin importar criterios que muchas veces confunden, que lejos de pivotar hacia el efectivo, deseado estado de armonía y justicia, aniquilan la que debiere ser la única manda en la religión del amor. Ya San Agustín sentenciaba: “Ama y haz lo que quieras”.

Ahora, cabría preguntarnos: ¿por qué es, entonces, que la Ekklesia desdeña y condena brutalmente determinadas formas de manifestar el amor entre los individuos?

La homosexualidad y el cristianismo.

Hasta ahora no se ha tomado con la suficiente seriedad la incongruencia existente entre la exclusión de los homosexuales dentro de la comunidad cristiana y el corazón mismo de la proclama evangélica. ¿Acaso no habíamos dicho que Dios es amor, y que ha sido por medio de su hijo Jesucristo al que mandó a redimir a todos los necesitados y oprimidos, que se ha entendido la intención práctica de todo el cristianismo? Ultimadamente, ¿no busca la iglesia, si se dice tal, reivindicar a todo marginado que necesite de atención y brindarle cuanto necesite en vez de condenarle y aborrecerle?

Tal parece que existen ciertas formas de manifestación del amor entre humanos que al cristianismo parecen serle aberrantes, desviadas, inmorales, absolutamente condenables y pecaminosas; tal es el amor de tipo homosexual y particularmente las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo. Siendo que en el propio texto sagrado se presentan eventos de tipo homosexual como lo fuese la relación entre el rey David junto con su compañero Jonathan, o como pudo haberlo sido entre Jesús y sus discípulos, al grado de tener éste a su discípulo más amado.

Como quiera que sea, es importante distinguir entre el amor homosexual y la real y efectiva práctica de la homosexualidad; ya que lo primero parece ser mucho más tolerable e incluso aceptado por la propia iglesia católica, es decir, que la orientación homosexual no es pecado porque no ha sido elegida por el individuo, sin embargo, la práctica homosexual sí lo es y resulta moralmente aborrecible:

  • No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer; es una abominación” (Levíticos 18:22)
  • Si alguien se acuesta con varón como los que se acuestan con mujer, los dos han cometido abominación; ciertamente han de morir. Su culpa de sangre sea sobre ellos. (Levíticos 20:13)

A este respecto consideramos existe una paradoja insoluble que puede realmente ser constrictiva para quien vive en tal condición pues además del peso de la culpa y la muerte que coaccionan, en función del temor, su actuar de modo “puro”, se ve obligado a reprimirse de manera constante haciéndole padecer una existencia precaria en términos psico-afectivos, toda vez que se le está privando de una eventual y auténtica común-unión con otro ser humano (de su mismo sexo) con quien pudiese desarrollar su proyecto de vida, al tiempo, colaborar ambos en el proyecto de la construcción de un reino justo y humano en la tierra.

Al homosexual se le exige absoluta castidad, se le castra simbólicamente desde el momento en que la amenaza de muerte y condena pesan sobre su imaginario, aspectos reforzados por la doctrina moral y sexual de un cristianismo que prefiere mutilar psíquica, emocionalmente a los individuos homosexuales antes de aceptar que su condición es perfectamente natural que, en esa medida, pueden ejercer una sexualidad sana y correcta con personas de su mismo sexo.

Además, ¿no es esto colocarle en una situación bastante contradictoria para el correcto desarrollo de su personalidad? En su lugar, ¿no sería mejor aceptar la práctica de la homosexualidad haciéndolo bajo los principios cristianos del amor, respeto a la integridad de la persona y autentica filiación? Es decir, bajo los mimos parámetros que rigen a las parejas heterosexuales. Esto, sin embargo, no es aceptado por la iglesia católica, amparada en lo que intuimos una consideración ¿negligente? de un cierto orden de tipo natural que resulta herencia del aristotelismo. Orden natural en el que la funcionalidad, necesidad son inextricables para el “correcto” y ortodoxo desarrollo del mismo.

Así, se puede entender que el sexo homosexual es “antinatural” en la medida en que no responde a la funcionalidad de la procreación que únicamente en el (complemento), palabra favorita de los moralistas cristianos, entre hombre y mujer se puede dar.  

La moral sexual cristiana considera las relaciones sexuales como el símbolo que encarna la “finalidad” del creador para con la humanidad, se trata de un acto de amor con la finalidad de cocrear nueva vida humana. Pero, ¿solamente esto? ¿el sexo por mera procreación, por mero mandamiento, por mero deber? A este respecto, si pudiésemos ir desarticulando determinadas prescripciones que la iglesia se niega si quiera a considerar, estaríamos dando pasos adelante hacia una antropología teológica renovada que considere otros ámbitos mucho más profundos y complejos que el binarismo hombre- mujer en el que la iglesia se ha atrincherado.   

Por otra parte, el magisterio de la iglesia tiene la obligación de mantenerse en continua reforma y sensata reinterpretación de las sagradas escrituras como parte de la evolución en la comprensión de la voluntad de nuestro creador a lo largo del discurrir histórico. Las referencias bíblicas ya citadas que condenan la homosexualidad aunada a otras tantas como (Romanos 1:18-32) han de ser reinterpretadas a la luz del presente siglo, y de ser necesario, desde una perspectiva que involucre disciplinas varias como la biología, el psicoanálisis, las teorías de género, la psicología, entre muchas otras, todo esto en pos de generar un criterio “real” de lo que somos como humanos en cuanto a nuestra riqueza y diversidad. 

No podemos seguir pensando que absolutamente todas las leyes de la antigüedad poseen la misma vigencia y justicia en el presente contexto histórico, mismo en el que se ha alcanzado un desarrollo y conocimiento humano tales, que nos permiten dar cuenta de la naturalidad, la frecuencia con que las relaciones humanas homosexuales acaecen, se llevan a la práctica en términos sexuales, asunto que no es privativo de nuestra época, pues éstas han acaecido desde que el ser humano existe. Todo ello no tiene por qué resultar en un detrimento para la doctrina evangélica del Amor cristiano.

Habríamos que cuestionar si la práctica de la homosexualidad es pecaminosa per se, aun cuando exista como mediador el ingrediente cristiano del amor, o si por otra parte habríamos de admitir que, de hecho, resulta más pecaminosa la práctica sexual de personas heterosexuales entre las cuales no media ni un ápice de amor.  

Es por ello que encontramos contradicciones y prescripciones incompatibles con la vida cristiana en general, tanto en su sentido eclesial como litúrgico, puesto que nos parece inconcebible que un amor creador, congruente que ha venido a transformar las estructuras temporales tanto de opresión como  sufrimiento hacia las minorías, exija semejante sentido de conducción y condena hacia la práctica homosexual. ¿Acaso no era la espiritualidad y la santidad en la común-unión como nos hacíamos verdaderos cristianos? ¿Resulta ahora que la práctica homosexual es razón suficiente para dejar de ser santo y merecer la condena? 

A este respecto nos parece que la santidad del creyente no se mancha con sus preferencias ni con el ejercicio preferente de su sexualidad. De tal forma que nos interesa desvincular estas preconcepciones que condenan de perverso, enfermo, desviado y pecaminoso el ejercicio sexual entre homosexuales; ordenándoles de manera injusta e injustificada la castidad si pretenden “salvarse”[1].

¿Acaso no es esto un control humano, entiéndase institucional, sobre los cuerpos, sobre el placer y sobre la sexualidad de los cristianos? ¿Se tratará acaso de un tipo de bio-política que restringe y prefiere cristianos eunucos, antes que hombres y mujeres psíquica y sexualmente emparejados entre sí?[2]  

Es por todo lo anterior que consideramos importante hacer un reajuste desde las diversas formas de teología de la liberación, como lo es la teología de género, en lo tocante a la interpretación que hasta ahora se ha hecho de determinados dogmas, prescripciones y verdades doctrinales; ciertamente existe la necesidad de una paulatina reforma en aquellos lugares y puntos de contradicción donde yacen caducos e inoperantes andamiajes de la institución bimilenaria.

La iglesia tiene la obligación de revisar constantemente sus enseñanzas y de modificarlas en los casos que sea necesario, asumiendo humildemente sus deficientes interpretaciones basadas en error humano y no divino. Cuanto más si el Verbo, la voluntad de Dios se revela paulatinamente, cual lo demuestra la historia de salvación a través de los profetas; lo que constata la posibilidad de un margen de error humano, que no por parte de Dios, en lo que respecta al modo en que se han venido interpretando determinados pasajes bíblicos en lo que respecta a la condena de la homosexualidad.

Sentenciamos que, si una sociedad se dice justa, cristiana e incluyente, resulta del todo indispensable que el amor y el auténtico ecumenismo formen parte constitutiva de la Ekklesia, al tiempo que se reconoce e incluso se estimula todo tipo de relaciones entre las personas, sin importar su sexo, orientación, ni identidad sexual siempre que resulten del todo fraternales, sinceras y edificantes.

Del mismo modo en que el Dr. Miguel Ángel Sobrino Ordoñez ya ha señalado, aunque a otro respecto, aludimos a que:

 “En las líneas de denuncia de los profetas está el hecho de que la práctica del culto descarnado y ajeno a la realidad histórica concreta, puede llevar a los hombres y mujeres piadosos y religiosos a olvidar o descuidar los imperativos esenciales de la justicia y el amor a los demás” 

De tal suerte que la pretensión de un nuevo y congruente ethos social cristiano resulta del todo imperioso, ya que no basta con pregonar el evangelio del amor, la caridad, sino que, hay que vivirlo auténticamente, de manera comprometida e ilustrada, acorde con los cambios relativos a la concepción de lo humano en pleno siglo XXI, siempre reconociendo la belleza, riqueza y divinidad presentes en la diversidad sexo-afectiva de los seres humanos. De otra forma estaríamos incurriendo en hipocresía, mera ritualidad vacía que hará del cristianismo cualquier cosa menos una doctrina ecuménica y congruente.


[1]Salvación: Término que nos convendrá analizar en otros escritos ya que nos parece es, junto con las nociones de recompensa-castigo, asunto medular para la comprensión de la praxis cristiana.

[2] Es mucho más antinatural forzar a un homosexual, por motivos ético-religiosos a la estricta práctica heterosexual cuando su diseño original (querido así por Dios) y su naturaleza le indican algo enteramente distinto. Esto sí es antinatural y hasta pecaminoso, en tanto que se “falla en el blanco”, al prescribirle la heterosexualidad o, en su defecto, la castidad. La iglesia católica se equivoca y se muestra sumamente reduccionista en lo que respecta a nuestra constitución antropológica, nuestra dimensión psíquica y nuestra riqueza sexual.  Ximena Torrescano Lecuona.

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