El tiempo de los libros

Por: Alex Haro

La escritura es una huella encerrada en el tiempo, una eterna ventana que mira, de forma perenne, el mismo atardecer. La escritura da cuenta de un momento específico de la historia del universo. Y todo ese micromundo que encierra conlleva una carga de pesos, símbolos y significados que, a veces, está más allá de la persona que realizó el signo.

Si eso ocurre con la escritura más “simple”, es decir, con los textos que, simplemente, pretenden transmitir información por medio de un mensaje de una persona a otra, ¿qué podemos esperar que suceda cuando la escritura se pone en función del arte? ¿Qué peso tiene esa ventana cuando el lenguaje se utiliza para algo más grande que sí mismo?

Los libros son el testimonio perfecto de un tiempo y un espacio detenidos por el resto de la historia. En eso, la literatura se asemeja mucho a la fotografía, disciplina artística hermana. Sin embargo, el lenguaje escrito tiene una pequeña pero fundamental diferencia: siempre está hablando. Y no solo eso, los libros tienen la capacidad sorprendente y única de usar voces distintas todas las veces, como si fuera un camaleón que se adapta a placer.

Por eso mismo, la literatura puede ser el testimonio perfecto de una época, un lugar, una sociedad, una familia, una religión, una escuela, un barrio, etcétera. Todo lo que constituye al autor, todo lo que configura su realidad como ser viviente y, más aún, como artista, está al servicio de la escritura. Y el signo transmite todo ese conocimiento, todo ese bagaje, al lector que preste oídos atentos, o mejor dicho, a la persona que preste ojos atentos.

¿Por qué creen que una misma persona puede leer trescientas catorce mil millones de veces un único libro sin cansarse nunca? ¡Porque jamás está leyendo el mismo libro! Al menos, no en realidad. Porque el texto guarda una multiplicidad de voces listas para el diálogo con cualquier individuo. Y, como el ser viviente que es, el libro de literatura tiene la capacidad de cambiar su discurso de acuerdo con el lector que tenga frente a sí. Me queda claro que quien busca milagros dentro de un templo está perdiendo su tiempo. La literatura, las artes, ¡esos son los milagros que tiene la humanidad! Y que se renuevan día con día.

Julio Cortázar decía sobre Rayuela: “a su manera este libro es muchos libros”. Pero creo que se equivoca. Sé lo que varios pensarán: ¿y quién es este pobre diablo para decir semejante blasfemia? Touché. Sin embargo, defiendo lo que digo. Rayuela no es el único libro que es, a la vez, varios libros, aunque sin duda la novela de Cortázar tiene una característica tan única como alucinante para vestir dos trajes distintos. ¡Todos los libros son muchos libros! Es más, cada cuento, cada poema, cada verso tiene escondido en sí mismo una multiplicidad de sentidos, significados, diálogos e interpretaciones que van más allá del lenguaje escrito.

Y todo esto es posible porque los libros son un fragmento de tiempo congelado, una muestra de que las personas podemos detener a Cronos y alcanzar la eternidad en la tierra. Los libros son la mejor creación de Dios y de los humanos. Quien piense que hay algo más allá, simple y sencillamente, no sabe de lo que está hablando.

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