¿Qué hacemos al recomendar un libro?

Por: Alex Haro

De las preguntas recurrentes a las que es sometido cualquier literato, como “¿y eso qué es?” o “¿dónde puedes trabajar?”, una de mis favoritas es, sin lugar a dudas: “a ver, ¿qué libro me recomiendas?”. Supongo que es una cuestión inmanente a nuestra profesión, anclada a lo más profundo de nuestra naturaleza; como cuando a un comediante le piden un chiste o a los psicólogos los amenazan de no “psicoanalizar” a sus interlocutores.

“¿Qué libro me recomiendas?”. Qué pregunta tan compleja y fascinante, pero, al mismo, qué maravillosa oportunidad para propagar la literatura con la mejor publicidad del mundo. ¿Cuántas veces los literatos hemos tenido en nuestras manos el destino lector de una persona luego de escuchar semejante cuestionamiento? Más de las que podemos llegar a calcular, temo reconocer.

Por eso mismo, en los días más recientes, no pude evitar reflexionar un poco acerca de todo lo que va detrás de una recomendación de un libro. Aunque, para seguir con la línea de honestidad que prometí desde la primera línea de estas columnas, este mismo proceso de pensamiento es aplicable para la recomendación de cualquier obra artística, sin importar la disciplina, corriente, género, autor o escuela.

Al sugerir una obra como posible lectura para una persona, sometemos a dicho texto a un juicio doble. Por un lado, el nuestro, puesto que nadie recomienda un libro a menos de que, con anterioridad, ya lo haya evaluado con toda la rigurosidad posible. Claro, esto solo es posible luego de la aprobación de la obra. Y, por otro lado, cuando ese posible lector se enfrente al documento, si decide seguir nuestro consejo, la “vara” con la que medirá la calidad artística de ese producto tendrá muchas más implicaciones que si, tan solo, se lo hubiera encontrado en un estante de una librería en una tarde llena de distracciones.

Por eso mismo, no es de sorprender que todos los literatos tengamos una lista, pequeña o grande, de “opciones seguras” para elegir al momento de responder esa pregunta. Dicha selección, sin duda alguna, estará llena de los mejores momentos en la vida del individuo, los parajes más hermosos que ha recorrido en este camino de las letras. No es gratuito. Cuando una obra nos llena a un nivel tan profundo, tenemos la imperiosa necesidad de que todos y cada uno de los seres humanos que se crucen en nuestro destino la lean también.

Porque, y aquí es cuando dicha pregunta adquiere más dimensiones, ¿qué hacemos, en realidad, al recomendar un libro? Sugerimos la obra por su indudable valor artístico y su potencial fuerza estética, sin lugar a dudas, pero no solamente eso. También abrimos un pequeño cajón de nuestra selección de memorias más preciadas e invitamos al otro a echar un vistazo. Le prestamos nuestra mirada al interlocutor para que vea la obra, y con ella la vida, con ojos diferentes.

Cuando recomendamos una obra de arte, no solo compartimos la belleza de esa creación, sino que también nos “entregamos” a nosotros mismos, pensándolo desde el punto de vista más puro y hermoso de la palabra. Extendemos nuestro corazón, atado con un precioso hilo rojo a la portada del libro, y deseamos que el otro viva la maravillosa experiencia que nos cambió la vida.

Al recomendar una obra decimos mucho más de nosotros mismo de lo que pensamos. Expresamos desde lo más profundo y sincero de nuestro corazón; establecemos un referente claro de quiénes éramos al encontrarnos con ella y cómo nos cambió para siempre; y, a veces sin pensarlo, damos buena cuenta de cuánto y de qué forma pensamos en la otra persona, pues uno no va por ahí pasándole canciones y libros a cualquiera, ¿verdad?

Como siempre, el “choque” con el arte nos enseña que, sin importar la cantidad de formas como lo hagamos y lo rutinarias que estas puedan llegar a ser, en el caso de la eterna pregunta de “¿qué libro me recomiendas?”, la única manera de seguir creciendo es a través del contacto con el otro, con lo otro. ¿Qué mejor otro que el arte?, ¿acaso habrá un maestro, un confidente, un amigo, un compañero o un guía mejor? Yo, francamente, no lo creo.

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