¿Escribir es una necesidad?

Por: Alex Haro Díaz

Antes de que se popularizara gracias a su frecuente uso para referirnos a los intérpretes musicales, sin importar su “estatura”, la palabra “artista” tenía una connotación especial. O quién sabe, a la mejor la sigue teniendo y la única diferencia es que me he familiarizado con ella, o que ya soy un viejito cascarrabias. Pero, cuando era niño, para mí era un vocablo diferente, especial, casi mágico. Me parecía que otorgaba a la gente un aura distinta, y que los artistas eran seres extravagantes y contestatarios. Al pronunciarla, pensaba en Dalí, Michael Jackson, Picasso o Frida Kahlo, personas con esa “vibra”.

Una de las cosas que me hacían mirar con esta perspectiva distinta a dichos personajes, y muchos otros, eran expresiones que usaban como: “sin escribir (o pintar, dibujar o cualquier disciplina a la que pertenecieran), no podría vivir”. Yo los miraba desde la sala de televisión de mis papás, mientras comía unos Hot Nuts con mucha Valentina, como verán, la gastritis no es de a gratis, y no podía sino mostrar escepticismo. “¿A poco sí se mueren por un día que dejen de escribir?”, pensaba.

Dicha reacción es plenamente normal viniendo de un niño. A veces olvidamos que, debido a todo lo que su edad significa en cuanto a carencias y limitaciones intelectuales, los infantes miran la vida desde otra perspectiva. Esto me recuerda una anécdota, de las favoritas de mi madre: ella cuenta que un día íbamos caminando por el parque de mi pueblo y yo le pedí que me comprara algo, no recuerda con precisión el objeto, aunque con total seguridad debía tratarse de un dulce. Ella argumentó que no tenía dinero, lo cual pudo ser parte verdad y parte excusa para decir que no. Yo, quitado de la pena, le dije que fuera al cajero automático porque, según mi crédula mente de seis años, “ahí regalaban dinero”.

Pero, bueno, volviendo al tema, evidentemente, como entendí con el paso de los años, la expresión de “no podría vivir sin escribir” no es del todo verdadera. O, mejor dicho, no es tan literal como quisiéramos entender de primera mano. Al no ser una de las necesidades elementales de todo ser humano, como dormir, comer e ir al baño, cualquier individuo puede renunciar al arte sin poner en riesgo su vida. Lo que sí podría arriesgar es la calidad de la misma.

Verán, para el escritor, escribir es una forma de interactuar con el mundo, con el otro, pero, al mismo tiempo y de una manera digna de análisis psicológico, escribir es un mecanismo indispensable para dialogar consigo mismo. Como podrá confirmar cualquier persona que esté en terapia, o lo haya estado alguna vez, el inconsciente es un desorden al que resulta muy difícil acceder. La mejor estrategia para resolver dicho desastre, muchas veces, es el lenguaje. Y, en ocasiones, pude llegar a ser la única vía para lidiar con esa parte de nosotros mismos a la que no tenemos tan fácil acceso.

De buena fuente, puesto que he tenido la oportunidad de hablar con muchos de ellos, sé que esto aplica igual para el resto de artistas de las otras disciplinas. Así como el escritor “necesita” de escribir para verbalizar aquello que en su mente no resulta tan claro, de igual manera el pintor necesita pintar o el músico al lenguaje musical.

Al final del día, para el artista, producir su arte no es una cuestión de supervivencia, pues nada demasiado literal arriesga de su vida con la abstinencia creativa. Pero para su mente, para su espíritu y para su alma, esa necesidad del lenguaje artístico sí termina siendo, de una u otra forma, cuestión de vida o muerte.

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