El extranjero y las culturas literarias

Por: Alex Haro Díaz

Desde que comencé a escribir esta columna, cada sábado o domingo tengo el mismo problema: ¿y ahora de qué carambas voy a hablar? Y si bien cualquiera que me conozca podría jurar que a mí jamás se me acaba el tema de conversación, en especial si me conocen desde hace unos años, sí es bastante complicado pensar en una nueva entrada cada semana. Lo anterior se debe, principalmente, a mi interés por hablar de literatura sin involucrarme tanto como persona. Sin embargo, así como todos los caminos llevan a Roma, todas las columnas que escribo tienen un pedacito de mí, y esta no será la excepción.

Cuando me enamoré de la literatura gracias a los libros de King, como ya he comentado en anteriores entradas, pasé los siguientes meses leyendo única y exclusivamente terror de autores anglosajones. Eso provocó que al tratar de escribir por primera vez, cada palabra sonara igual. Recordando aquellas épocas, me parece que en ese entonces era como si pintara usando, siempre, un mismo color. Evidentemente, yo, sin ningún tipo de experiencia en ello, al leer mis textos no lo notaba.

Luego de compartir una de mis creaciones con un profesor de la preparatoria, mi maestro de filosofía para ser exacto, me dio uno de los mejores consejos que me han dado en mi vida. Me preguntó qué solía leer y, tras oír mi respuesta, dijo: “debes leer algo más: europeos, latinos… ¿conoces a Albert Camus?”. Obviamente, respondí que no, y fue entonces cuando me recomendó El extranjero.

Como el ñoño obediente que siempre he sido, esa misma jornada fui a la librería de mi pueblo y me compré ese libro. Y, para ser sincero, la primera vez que lo leí no entendí bien qué tenía de especial. No obstante, algo que noté de inmediato fue la enorme diferencia de estilo. Si bien no conocía los conceptos teóricos detrás de los recursos que usaba Camus, me quedaba claro que el tipo de narración era distinto: el ritmo era diferente, las descripciones tenían otro objetivo por completo, los diálogos tenían un sabor especial y la forma de narrar un conflicto resultaba absolutamente refrescante.

Al terminar el libro me quedó claro por qué mi profesor me lo había recomendado, su objetivo era decirme que había otras formas de escribir. Ahora bien, no me malentiendan, mis autores favoritos no tenían nada de malo, pero ese primer acercamiento me dio la oportunidad de mirar la literatura con ojos diferentes.

A partir de ahí, he tratado de conocer todas las literaturas que puedo, y los resultados han sido gloriosos. Con Lo bello y lo triste de Kawabata aprendí que una historia “común y corriente” puede ser contada de forma original y a la vez maravillosa; Olga Tokarczuk, con Los errantes, me enseñó cómo cada voz narrativa le agrega riqueza a un texto; y con Camilla Läckberg descubrí la forma de mantener el suspenso en una historia sin descuidar todas las otras emociones en el mundo.

Desde esa primera ocasión, todos mis “descubrimientos” de nueva literatura me han recordado esa enseñanza. Ojo, no todos han sido satisfactorios; como en la comida, no todo resulta placentero en las letras para cualquier lector. Pero, sin importar el resultado final de las experiencias, el aprendizaje es el mismo: siempre hay otras formas de hacer las cosas.

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