Predicar con el ejemplo

Por: Alex Haro Díaz

Recuerdo haber leído por ahí, en una de tantas redes sociales a las que nuestra generación tiene acceso, que Borges, al hablar de la difícil labor de enseñar Literatura, hacía hincapié en transmitir la pasión y el gusto por las letras antes de preocuparse porque los alumnos aprendieran datos e historiografía literaria. Y, conforma pasan los años, no puedo evitar ponerme más y más de acuerdo con su postura.

Enseñar Literatura, hablando de un nivel básico o medio superior, donde los alumnos no han elegido de forma voluntaria tomar esa clase, es muy difícil. Tenemos que lidiar con los prejuicios externos con los cuales llegan cargados los estudiantes: “nomás hay que leer”, “para qué lo lees si de todos modos está el resumen en internet”, “esa clase ni te va a servir para nada”, “nomás es cosa de que aprendas fechas y datitos” o “es clase de relleno”. Si a ello le sumamos vivir en un país no lector, como lo es México, la tarea se vuelve todavía más complicada.

Al final del día, el profesor de Literatura debe admitir una triste realidad: no hay forma en la que puedas obligar en una persona el gusto por la lectura. Si el individuo está decidido a odiar las letras, las artes y todo lo que se parezca, ni resucitando a todos los artistas del universo se consigue semejante labor. Y espero no ser demasiado pesimista al respecto, pero más vale lidiar con un problema desde el inicio, arrancarnos la venda de los ojos desde ya, a vivir de mentiras y falsas ilusiones.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Pues “ahí está el detalle, chato”, diría un famoso actor mexicano. Lo “único” que puede hacer el profesor de letras es predicar con el ejemplo y esperar que, como reza el tan popular dicho, con “eso arrastre”.

Lo “único” que podemos hacer es desvivirnos en amor y pasión cada vez que tenemos la oportunidad de hablar de la Literatura frente a un grupo de adolescentes. Demostrarles la absoluta realidad del libro en todas sus capas y perspectivas de belleza. Asegurarles que la promesa del amigo esperando dentro de las hojas se cumple todas y cada una de las veces cuando leemos.

Lo “único” que podemos hacer es dejar que las venas del cuello se nos hinchen y los ojos se nos salgan de las cuencas en cuanto veamos un libro, hablar de ellos como lo haríamos de la persona más amada y venderlo con el mismo entusiasmo con el que nosotros mismos hacemos.

Al final del día, creo que lo “único” que podemos hacer como profesores de Literatura es lo único que debería importarnos hacer: predicar con el ejemplo.

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