Lectura vs generación Z

Por: Alex Haro Díaz

Queridos lectores mexicanos, y no elimino al resto por xenofobia sino por precaución, porque quizá no se sientan identificados con lo que estoy a punto de contar: ¿recuerdan cuando, en la primaria y secundaria, nos evaluaban la lectura con base en la velocidad con la que leíamos?

En cierto sentido, era una pésima idea, al menos para un servidor. Nos formaban a todos los estudiantes afuera del salón y, después, nos hacían pasar de uno en uno para una prueba de lectura “de rapidez”. El docente tomaba nota de tu tiempo y, una vez terminada la lectura, te hacía una serie de preguntas muy simples para comprobar tu comprensión.

Bien, pues si me hubieras dicho hace un par de años que había algo peor para la lectura y su promoción, muy probablemente no te habría creído. Ahora no estoy tan seguro. Verán, uno de los efectos negativos que tanto se le criticaba a esta estrategia era la tergiversación del propósito de leer. Es decir, con este tipo de pruebas los alumnos podían llegar a pensar que lo más importante, o quizá lo único, cuando leían era la velocidad y, en segundo sentido, la comprensión.

Pues bueno, desde hace un par de semanas, para mi clase de español, he decidido trabajar con los estudiantes en la lectura y la comprensión de textos. Y noté un fenómeno tan extraño como preocupante. Considerando que son alumnos de bachillerato, les dejé un cuento pequeño de Cortázar, haciéndoles énfasis en la necesidad de ir subiendo, de forma progresiva, la dificultad de los textos. Para un relato de ocho páginas les asigné veinte minutos, pensando que, en el peor de los escenarios, sería necesario agregar cinco o diez más.

En cuanto establecí la asignación la respuesta fue la que esperaba: la mayoría de estudiantes mostró su descontento por la aburridísima tarea que se les venía encima. Luego de una sonora queja, y al ver la imposibilidad de cambiar su destino, mis niños no tuvieron más opción que ponerse a trabajar, aunque fuera de mala gana.

Pasaron diez minutos y las quejas sobre la “dificultad” del texto aumentaron. Luego de veinte minutos, y tras decirme que apenas iban en la página dos, mis alumnos comenzaron a decir que jamás podrían terminar el cuento a tiempo. Les pedí que se concentraran y se olvidaran, de momento, acerca del tiempo. Llegó la primera media hora, el máximo de tiempo previsto por mí, y nada. Treinta y cinco, y nada. Cuarenta, y nada. A los cuarenta y cinco minutos mi clase terminó, y la mayoría de mis alumnos no había llegado siquiera, a la mitad del texto.

Me parece que, sin necesidad de ahondar en la explicación, pueden entender por qué estoy preocupado. Estamos hablando de un tema muy alarmante: pareciera que, con cada generación que pasa, no solo bajan los índices de lectura, sino también la capacidad lectora de los individuos.

Pero, ¿por qué esta generación, la generación “Z”, tiene tantos problemas con la lectura? Me parece que esta es una pregunta compleja que requiere una observación más profunda. Sin embargo, por los fines de esta columna y su propia naturaleza de brevedad, diré que, en opinión de un servidor, el grave problema con el que nos enfrentamos ante esta nueva generación es la creciente cultura de consumo rápido.

Los jóvenes de hoy en día, es decir, los adolescentes de la actualidad, que nacieron entre 2003-2010, están acostumbrados a la accesibilidad de contenidos y la rapidez con la que pueden consumirlos. Pongamos de ejemplo su red social favorita: Tik Tok. Por si alguien no conoce bien cómo funciona, lo explicaré de forma muy simple: esta aplicación exige a sus creadores de contenido la capacidad de entretener e impactar a su público en un espacio de, la mayoría de veces, menos de 5 segundos. ¿Cómo es posible eso?

Ahora bien, el impacto de esa cultura de rápido consumo se ha extendió hacia casi todos los sentidos posibles: moda, comida, tecnología, autotransportes y, cómo no, arte. Es más, veámoslo con el arte más cercano a la gente, la música. Hoy en día, en los géneros más importantes en el momento que se escribe esto, es una ley que el coro de una canción, la parte más representativa de una “rola”, debe estar antes del primer minuto. De lo contrario, como cualquier productor musical con dos dedos de frente sabrá, será un rotundo fracaso.

Yo lo comentaba con un amigo y, con cada día que pasa confirmo más esta hipótesis: en la actualidad, un grupo musical como Queen o Pink Floyd no funcionaría. ¡Ojo! Esto no significa nada en términos de bien y mal o de mejor y peor. No. No quiero decir que la música actual sea basura y la vieja sea maravillosa, o viceversa. No. Solo quiero hacer énfasis en que la lógica de producir estas creaciones artísticas ha cambiado de forma drástica en los últimos años. Y, al final, analizar el porqué y cómo impacta esto en el día a día es muy interesante.

En resumen, las generaciones más actuales tienen muchos problemas con la lectura: leen muy lento y no logran concentrarse más de cinco minutos en un texto (hablo de la mayoría, por si entre mi audiencia hay algún “unicornio especial” que está a punto de decirme: “pues mi hijo de cuatro años lee en ocho idiomas y…” sí, sí, sí. Ahórratelo).

Nosotros, es decir, las generaciones viejas que todavía podemos hacer algo para cambiar esta realidad debemos preguntarnos: ¿cómo vamos a lograrlo? Pregunta difícil, ¿no?… Si se les ocurre algo, por favor contáctenme… Es para un amigo.

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