El alma contenida en ocho palabras

Por: Alex Haro Díaz

Ah, la poesía (léase con voz de amante empedernido o narrador de Bob Esponja). Si bien, como todas los que han seguido esta columna o quienes me conocen en persona pueden confirmar, nunca ha sido mi género favorito, sería el peor literato de la historia si no fuera capaz de apreciar su enorme e intrínseco valor. La poesía, le guste a quien le guste, es la mejor manera de encerrar una emoción o experiencia en, apenas, unos cuantos versos… o en unas cuantas palabras, a veces.

Por eso mismo, un gran sabio dijo alguna vez: “la poesía está para decir lo que no logramos expresar” (por el nombre de quien la dijo ni me pregunten, ya saben cómo soy). Cuando un poema te encuentra, puede terminar cambiando tu vida por completo… ya sea para bien o para mal.

Porque la poesía está hecha, junto con el lenguaje, de lo mismo que los seres humanos, y “nada humano me es ajeno”, los poetas tienen en la punta de la pluma la llave para acceder a la naturaleza y esencia del hombre. Aunque, como diría José Emilio Pacheco diría que “en la poesía no hay final feliz” o

La poesía es la sombra de la memoria

pero será la materia del olvido.

No la estela erigida en la honda selva

para durar entre sus corrupciones.

sino la hierba que estremece el prado

por un instante

y luego es brizna, polvo,

menos que nada ante el eterno viento.

Por esta razón, porque los poetas persiguen la memoria y convierten a sus palabras en su memoria, hay poemas que nos acompañan por el resto de nuestra vida. Por ejemplo, siempre que tengo un problema, alguna situación que siento excede mis capacidades humanas, viene a mi alma “los heraldos negros” de César Vallejo, y su interminable “hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé”.

La poesía, a final de cuentas, es el arte de contener la palabra en una estrofa, un verso o, a veces, en tan solo ocho palabras. Para poder hacerlo, los poetas ponen en regreso su propia aura, su espíritu, aunque eso les termine costando la vida, ya sea de forma metafórica, como a cientos, o literal, como a Storni. Por ellos “los poetas acaban viviendo su locura”. Pero nosotros vivimos de su locura.

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