Mariana Enríquez: aprender a cocinar con otras especias

Por: Alex Haro Díaz

En los tiempos más recientes, he confirmado en repetidas ocasiones que mi pasión por la literatura es, quizá, solo equiparable con mi amor hacia la gastronomía. No por nada, en la mayoría de mis clases, termino haciendo metáforas, símiles y analogías entre ellas, como cualquiera de mis alumnos podría confirmar de inmediato. Por lo tanto, la columna del día de hoy no será una sorpresa para nadie.

Hace unos días, un gran amigo tuvo a bien darme como obsequio el libro Los peligros de fumar en la cama, de una de las escritoras recientes que más admiro: Mariana Enríquez. El libro, que disfruté enormemente de principio a bien, me demostró, una vez más, la increíble capacidad de esta autora argentina por renovar y actualizar el género del terror como muy pocos escritores podrían.

Y aquí es donde puedo insertar, como cuchillo caliente en mantequilla, mi analogía con la comida: al igual que un buen cocinero, Mariana Enríquez es capaz de seguir al pie de la letra las instrucciones para construir un relato terrorífico. A sus historias, en este aspecto, no les faltan nada: tienen escenarios lúgubres, circunstancias misteriosas que coquetean a profundidad con lo ominoso, y criaturas que circulan, con una delicadeza magistral, entre lo real y lo fantástico.

Sin embargo, el talento y la maestría de esta mujer no se quedan aquí. Como solo un gran chef podría hacer, Mariana Enríquez logra alterar esas recetas terroríficas clásicas agregándoles nuevos ingredientes y especias que potencian no solo el sabor, sino que consiguen involucrar a todos los sentidos para que la experiencia culinaria, o literaria, sea tan plena y profunda como sea posible.

En sus cuentos, el terror tiene tintes de denuncia social, como demostró al mundo con la potencia de Las cosas que perdimos en el cuento; mientras, y sin perder de vista el estilo, toca las fibras humanas más sensibles poniendo en duda grandes temas como la vida, la muerte y lo que hay en medio de ambas.

Perfecto ejemplo de esto último es el que, para mí, se trata del mejor cuento de Los peligros de fumar en la cama: “Chicos que vuelven”. Este relato, que podría considerarse una respuesta a la eterna pregunta bíblica de “qué sucedió con Lázaro”, será una lectura especialmente dolorosa para todos aquellos que hayan perdido a un ser querido; sobre todo paras las personas que, literalmente, tengan a un ser querido “perdido”, o desaparecido.

Igualmente, la pluma de Enríquez puede ser cruda y visceral sin perder la gracia y el sentido, como lo muestra “Carne”; es capaz de convertir una fantasía en un fetiche y un fetiche en una adicción, como lo vemos en “Dónde estás corazón”; y también logra hacer que sus personajes bailen en la delgada plataforma que divide a un milagro de una maldición, al igual que la pobre narradora de “El desentierro de la angelita”, un cuento tan desgarrador como horroroso.

En resumen, y continuando con mi analogía y mi obsesión con la comida, si cada autor fuera como un restaurante diferente, sería la peor decisión de tu vida jamás animarte a siquiera probar un poco de las maravillosas creaciones de Mariana Enríquez. Quizá el único aspecto negativo de esta experiencia, si es que se le puede considerar como algo malo, sería que, al igual que algunos de sus personajes, podrías volverte adicto a ella.

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