Literatura posmoderna: una mirada introspectiva

Por: Alex Haro Díaz

Durante mi estadía en la facultad de Humanidades, tuve el gusto de conocer a un maravilloso profesor, muy querido por todos, que tenía una frase célebre sensacional: “no hay que usar el texto como pretexto para hablar del contexto”. Más allá del precioso uso de rima para facilitar la memorización, esta sentencia denuncia un fenómeno bastante común en los estudios artísticos: me refiero a esos momentos, que penosamente sobran en nuestra historia, en los que la obra queda en segundo plano y lo único importante resulta quién la hizo, así como dónde y cuándo. Pésima práctica.

Sin embargo, y sin hacer menos al querido profesor o a su icónica frase, sí es importante señalar y recordar que las obras de arte, de cierta forma, siempre responden a la época en las que fueron creadas. Sería imposible de otra manera pues, como bien indica Roland Barthes en El grado cero de la escritura, cuando escribimos dejamos huellas en el texto. Esas marcas, sin lugar a dudas, dan pistas sobre nosotros como individuos; hablan de nuestras identidades, y de todo lo que las construye: nuestro lugar de origen, la época que nos tocó vivir, entre otras cosas.

Siguiendo esta línea de pensamiento, vale la pena preguntarnos: ¿qué “huellas” deja la literatura posmoderna? Esta pregunta, siendo bien honesto, necesitaría varios libros para responderse. Pero, para los fines de esta columna, me quiero centrar en una posible vía: la importancia que ha adquirido el individuo y la necesidad imperante que parecen tener los escritores para descubrir su propio “yo”.

Me explicaré por medio de un ejemplo: en la Edad Media, y todavía en siglos posteriores, las grandes historias que eran contadas en los libros tenían más que ver con las hazañas impresionantes de héroes maravillosos. Era un tipo de literatura que, a falta de mejor palabra, estaba escrita “hacia afuera”. Esto no es de sorprender; el mundo exterior era, para la enorme mayoría de personas de aquellos tiempos, un universo lleno de posibilidades infinitas. No había nada más interesante de descubrir como el planeta lleno de parajes desconocidos en el que habitamos.

Esto ha cambiado. A raíz de la globalización, las comunicaciones se han vuelto mil veces más sencillas. Piénsenlo por un instante: una persona promedio con acceso a internet y un dispositivo inteligente es capaz de, con unos cuantos clics, observar con una claridad aterradora qué está pasando, en ese mismo instante, al otro lado del mundo. En otras palabras, más allá del océano que sigue siendo un terreno lleno de dudas, no nos queda mucho más por “descubrir”.

¿Qué ha pasado con la Literatura, entonces? Sencillo: muchos autores posmodernos han dejado de buscar afuera las historias y han comenzado a mirar para adentro. Obras fabulosas como El extranjero, de Albert Camus, o Metamorfosis, de Franz Kafka, son una muestra clara y tangible sobre este fenómeno. Dichos libros, lejos de narrar hazañas épicas de héroes sobresalientes enfrentados a criaturas fantásticas, cuentan historias más “comunes”, mucho más cercanas a las posibles luchas que cualquier individuo podría afrontar en su vida.

Temas como las enfermedades mentales, la constante batalla contra la construcción de la identidad, el vacío existencial en una era de consumo, entre otros, acaparan más y más los anaqueles de las librerías. Es como si luego de siglos de buscar las respuestas a los grandes cuestionamientos de la vida en el exterior, en el contacto con la “otredad”, nos diéramos cuenta de la importancia de mirar hacia dentro de nosotros mismos. Un ejercicio tan fascinante como peligroso, pues, en palabras del gran Friedrich Nietzsche: “quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo un abismo, este también mira dentro de ti”.

La literatura posmoderna toma al lector por los hombros y, a grito abierto, lo interroga: ¿quiénes son tus monstruos?, ¿cuál es tu abismo?

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