La dialéctica: el mejor camino de las humanidades

Por: Alex Haro Díaz

Impartir clases de humanidades o artes debe ser, sin lugar a dudas, una de las experiencias docentes más satisfactorias imaginables. Perdone usted, querido lector, que comience con tanta vehemencia de la mano de una afirmación tan arriesgada, pero no tengo más guía que el absoluto convencimiento. Lo sostengo: no hay nada más bello para un maestro que trabajar con las humanidades y las artes, al menos en opinión de un servidor.

Pero ¿a qué se debe esto? Considero que la respuesta es tan sencilla como valiosa: todo se lo debemos a la dialéctica. Me explicaré brevemente: mientras que otras ramas del conocimiento, como las ciencias exactas, se “prestan” mucho más a un manejo didáctico automatizado, uno donde el profesor, gran conocedor del tema, da cátedra en tanto que el alumno intenta seguir el ritmo de su disertación, las humanidades y las artes se prestan muchísimo más a la construcción del conocimiento a través del diálogo.

¿Quieren saber cuándo una clase de Literatura o Filosofía se vuelve tediosa y aburrida para todos, incluyendo al profesor? Esto ocurre en el momento en que el docente no encuentra en sus estudiantes la necesaria antítesis para sus postulados. Cuando un profesor debe cargar con el peso de toda una sesión, sin el apoyo de la ocasional pregunta o cuestionamiento, el conocimiento en estas áreas del aprendizaje se estanca.

Ojo, que no se malentienda mi comentario. No quiero tachar de malo el hecho de que el profesor sepa más que sus estudiantes y, ocasionalmente, lo demuestre con una explicación profunda de un tema o una idea. No. Al final, por algo le pagan, ¿no? El punto de quiebre para mí, el instante en que nos alejamos del camino del progreso académico, ocurre cuando solo el profesor es quien opina de un tema, libro, autor o idea.

Ese es el principal problema: que las ideas del docente sean tomadas como la única verdad posible, porque, literalmente, no aparece por la clase ninguna otra forma de pensamiento propuesta en voz alta, provoca que un texto, cuyo potencial de interpretaciones y significados es prácticamente infinito, se reduzca a la simplicidad y banalidad de un documento puramente objetivo.

No. ¡No! Las áreas del conocimiento relacionadas con las humanidades y las artes se han nutrido, y se seguirán nutriendo por siempre, de la participación y colaboración de todos los involucrados en el proceso de aprendizaje. Cuando un individuo tiene una antítesis para todas las tesis que conocemos de la Literatura, nos acercamos cada vez más a la “verdad” o, mejor dicho, a las múltiples caras y costados que la conforman.

Lo siguiente va con dedicatoria para todos los estudiantes de alguna clase artística en la historia: no temas compartir tu opinión en voz alta. ¡Hazlo! Hazlo a pesar de tu timidez o tus prejuicios. Te lo aseguro: a menos de que digas una tontería de forma intencional, con alevosía y ventaja, ese comentario tuyo puede acercarnos, como especie, a una mejor comprensión de nosotros mismos. Imagínate el mérito de lograr algo así.

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