La dulce maldición del literato

Por: Alex Haro Díaz

A lo largo de la corta vida de esta columna, de apenas unos cuantos añitos, he hablado varias veces de las dificultades de dedicarse a una rama de las Humanidades, en especial cuando decides como profesión la Literatura. Espero que no me malentiendan. Si lo hago, no es para llenar de pesimismo a las nuevas generaciones de universitarios que sueñan con dedicarse a las letras; todo lo contrario, lo único que trato es ser lo más realista posible con ellos para que, cuando el momento oportuno llegue, estén preparados para las críticas y prejuicios que, sin lugar a dudas, recibirán por su decisión.

Sin embargo, y para mantenerme alejado del pesimismo que me caracteriza como individuo, la dificultad de la que hablaré a continuación resulta tan positiva como negativa, aunque esta última oración parezca más bien una paradoja y atente contra todo el sentido de mi texto. Hablo de la terrible sentencia que todo literato descubre tan pronto se enamora de los libros: sin importar cuánto tiempo vivas ni cómo lo administres, jamás podrás leer todas las obras que anhelas, mucho menos todas las existentes.

Empecemos por lo obvio, recorramos primero el camino fácil, esta realidad es desalentadora porque, desde el inicio, representa una maldición imborrable. Los lectores tendríamos que renunciar a nuestra naturaleza humana para poder librarnos de este fatídico destino. Y, además de que esta por sí misma es una tarea irrealizable, quizá, si pudiéramos eludir para siempre a la muerte, ya no nos interesarían las letras.

La Literatura, como cada una de las otras ramas artísticas, está compuesta del mismo material del que estamos hechos los seres humanos, y nuestra finitud es una característica que nos acerca y nos permite comunicarnos a través del mismo idioma, nos pone como iguales.

Espero de todo corazón que, en el ocaso de mi vida, cuando esté a punto de exhalar mi último aliento, este sea el único arrepentimiento con el que me vaya de este mundo: saber que me quedaron pendientes muchos libros para degustar. Esto, claro, si tengo una vida lo suficientemente pacífica como para llegar a una conclusión tan llena de calma, y si las películas de Hollywood no me han mentido con las escenas de agonías “naturales” provocadas por la vejez.

Ahora bien, y haciendo un esfuerzo por alejarnos del pesimismo, esto también nos obliga a ser mucho más selectivos con nuestras lecturas. Aunque, de primera instancia, esto podría parecer como otro aspecto negativo, me gusta creer que la selección consciente de cada una de nuestras lecturas hace de nuestro camino por la Literatura, y, por ende, de nuestra vida, una senda tan particular como la identidad de aquel quien la recorre.

Esta es la explicación que suelo dar cuando una persona, en especial algún alumno, trata de darme una recomendación literaria, que casi siempre versa en torno a algún género juvenil. De nuevo, no me malentiendan. La reflexión no va encaminada hacia la idea de una superioridad de mi parte. No es como si me sintiera en lo alto de un castillo de marfil gigantesco donde ningún otro mortal puede osar a alcanzarme. No.

Más bien, la idea que trato de plasmar es el conocimiento puro y duro de nuestra condición como humanos finitos y cómo esta reflexión puede condicionar para bien nuestras elecciones literarias en el futuro. Por ejemplo, suponiendo que sé que la fecha de mi muerte se aproxima, dejándome a lo mucho una o dos semanas más de vida, no usaría ese tiempo para leerme la saga de Crepúsculo. Ojo, nada en contra de Stephenie Meyer y su saga de libros, y mucho menos hacia sus lectores y fans. Pero si sobre la mesa está la oportunidad de leer eso o degustar El nombre de la rosa, por mencionar un clásico que no he podido leer, la decisión, para mí, está tomada mucho antes de acomodarme en el sillón.

De la misma forma, habrá quien elija a Crepúsculo por encima de Rayuela, y tampoco está mal, aunque muchos de mis profesores pondrían el grito en el cielo si me leyeran. Esa persona habrá elegido en función de sus propios gustos, intereses y anhelos. Y, al hacerlo, está construyendo un camino lector como ningún otro se ha visto en el mundo.

Por lo tanto, esta aparente maldición del literato, de no contar con el suficiente tiempo en este plano para leer todo lo que se ha escrito, también cuenta con una extraña gratificación: al tener que ser mucho más cuidadoso con nuestras selecciones, los libros que podemos leer se vuelven mucho más significativos. Cada autor, cada página y cada palabra tiene un impacto y un sabor especial. Es la dulzura de quien toma un trago sabiendo que puede ser el último.

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