Pagar para sufrir

Por: Alex Haro Díaz

El viernes pasado, mientras daba una conferencia, hice referencia a mi temor a los juegos mecánicos, aclarando que, si bien para muchas personas la adrenalina es absolutamente satisfactoria, para mí es una sensación aterradora. Rematé con la frase: “y la gente todavía paga por eso, ¿a quién se le ocurre estar pagando para sufrir?”. Después de la euforia por las risas, esta pregunta se quedó en mi cabeza hasta que una voz me la devolvió: ¿y tú no pagas para sufrir?

En reiteradas ocasiones he manifestado, tanto en esta columna como en mi vida personal, mi predilección por el género de terror. Si bien mentiría al decir que todos los libros me han quitado el aliento y me han dejado sin dormir, he de admitir que al menos un par de ellos me han, cuando menos, perturbado de fea forma.

La sensación es extrañamente placentera: a medida que un libro de terror comienza a atraparme más y más, todo a mi alrededor se difumina. Un profesor me dijo alguna vez que si una persona leía con atención resultaba evidente para todos a su alrededor… y si no también. Los pensamientos dentro de mi mente se hacen a un lado para dar espacio a la maquinaria imaginativa.

Esto no es de extrañar, ni tampoco resulta algo admirable, es decir, no lo digo para que, usted lector, piense que su servidor tiene una capacidad mental e imaginativa extraordinaria. No. Esto es, tan solo, lo que puede provocar un buen libro. Cuando las imágenes son capturadas con tanta fuerza y precisión, no hace falta más que “10 pesitos” de compromiso para degustar de un texto a este nivel.

Ahora bien, aclarado ese punto, vuelvo a la descripción. Una vez enganchado con el texto, cada sensación se potencia, en especial durante el clímax de la obra. Ejemplo claro de esta experiencia fue la ocasión en que leí Drácula. Todavía recuerdo, con absoluta claridad, el primer encuentro de Jonathan Harker con el conde. A medida que leía, la sensación de ser observado aumentaba progresivamente. Sentí con una claridad aterradora cómo mi cuerpo se ponía en alerta automática, como si un instinto primigenio y absolutamente animal se despertara, sabiendo que podría ser atacado en cualquier momento.

Mi ritmo cardíaco aceleraba y desaceleraba por voluntad propia, como si alguien más controlara el número de latidos que tenía por minuto; la garganta se me resecaba y la respiración se volvía errática, como si de pronto me aquejara una enfermedad respiratoria.

Analizándolo desde una perspectiva más fría, este conjunto de sensaciones no es placentero. El cuerpo responde de esta forma cuando siente que está en peligro, y reacciona acorde a tal. De cierta forma, es un sufrimiento, pero, paradójicamente, es un sufrimiento absolutamente placentero. Qué irónico, ¿no?

A partir de ese punto, y pensándolo bien, no me parece tan extraña la predilección de ciertas personas por la adrenalina. Creo que, al igual que con el terror, estas sensaciones le permiten a la gente sentirse viva. Es como si ser conscientes de nuestra vulnerabilidad nos permitiera disfrutar más de cada experiencia.

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