ENTRE EL AMOR AL ARTE Y LAS LENGUAS: ENTREVISTA A LA MTRA. CLAUDIA

Eso son las lenguas: abrirte a la idea de que hay otras formas de concebir la vida, la muerte y el mundo. Cuando veo que alguien lo capta en su trabajo aquí y que sale ya con esa herramienta a vivir el mundo, me siento encantada.

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¿Cuál es su formación académica?

Mi formación académica inicia con mi licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Cuando tuve que decidir qué licenciatura tomar, ya era maestra de inglés en CELe; inicié muy joven en la docencia, con 17 años. En esa época no existía la licenciatura en Lengua Inglesa en la UAEMex, había que irse a la Ciudad de México y definitivamente no soy de megalópolis, jamás fue una opción para mí irme a una ciudad tan complicada, entonces decidí que lo más afín era Ciencias de la Comunicación y muy gratamente descubrí que me apasionaba el lado de la comunicación también. Estudié y trabajé durante toda mi licenciatura siendo ya maestra de inglés en el CELe y en el Instituto Anglo Mexicano de Cultura (el Anglo).

¿Cómo era usted en su época de estudiante de licenciatura?

Tuve mi Volkswagensito rojo, que era mi bólido rojo, con él andaba como loca todo el día porque obviamente es muy complicado estudiar y trabajar; tenía mucha premura de tiempos, siempre estudiar por la mañana de 7:00 a 15:00 hrs, entraba a trabajar en el Anglo y en el CELe a partir de las 16:00 hrs. Además de eso, soy una apasionada de las lenguas, entonces ya había iniciado mis estudios de francés, puesto que había concluido los niveles en CELe, así que mi opción era la Alianza Francesa, y efectivamente, entré a los niveles intermedios. En la noche estudiaba francés en la Alianza, fueron años muy carrereados, pero bonitos definitivamente. Las tres cosas que hacía me encantaban: estudiar mi carrera, dar mis clases y  cerrar el día con mis clases de francés.

¿Cuál cree que fue la mayor enseñanza de esos años?

Aprovechar el tiempo fue mi lección de vida. Tenía una compañera docente que ya era mamá e incluso con  hijos de mi edad en el Anglo y me decía “ay, Claudia, yo veo que mis hijos solo estudian, no les da tiempo, en cambio, tú haces maravillas con tu tiempo, no sé cómo le haces”. Yo creo que esa fue mi enseñanza: aprovechar esos años en que uno tiene tanta vitalidad, tanta energía, que no tienes más responsabilidades que contigo mismo, porque bueno, ahora contrasto siendo mamá que mi vida se divide entre mi casa, mis hijos y mis papás cuando estaban vivos. Es muy complicado tener otra vez esos momentos que solo son para ti.

¿Qué la motivó a dedicar su vida a la enseñanza de una segunda lengua?

Me apasionaba la idea de que el mundo no era chiquito, eso fue en sí mi motor. Afortunadamente en la casa siempre hubo esta sensibilidad a los idiomas y, sobre todo, a personas que hablaban otras lenguas. Una cuestión que marcó completamente mi vida fue un viaje que mi papá nos obsequió a las hijas más chicas; fuimos una familia muy grande (somos seis hermanos) y a las mujeres jamás nos planteó lo de la fiesta de 15 años, pero sí un viaje. Cuando las posibilidades existieron, nos llevó de camping a un viaje en Europa e íbamos en un motorhome. Él manejaba, mi hermana más grande le ayudaba a manejar y yo era la copiloto, entonces fuimos recorriendo muchos países de Europa. Siempre he dicho que acá en Latinoamérica podemos viajar incluso 4000 km y seguimos comunicándonos en español, esa vivencia de darte cuenta de que manejas 300 km y ya es otro idioma, manejas otros 200 km y ya es otro idioma, te sensibiliza muchísimo en esa parte de que el mundo no es monolingüe. Además, mi papá me impuso retos (en ese entonces yo era la que más hablaba inglés) a pesar de que mis hermanas eran más grandes que yo. La que tenía que hablar era yo y justo regresando de ese viaje (que fue un verano) yo entré a CELe a francés porque me di cuenta de la incapacidad de solo poderme comunicar con el inglés que tenía y el español, necesitaba una herramienta más. A partir de ese momento para mí eso han sido los idiomas: herramientas que te permiten estar y comprender el mundo de una mejor manera.

¿De dónde nace su pasión por las Humanidades?

Cuando terminé la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en el Tecnológico de Monterrey, me di cuenta de que el área humanista estaba muy débil en mi formación, a pesar de que todo lo que era teoría de la comunicación me apasionaba. Así que en cuanto terminé mi carrera me inscribí en la Facultad de Humanidades para la Maestría en Estudios Latinoamericanos y fue apasionante. Yo era la más joven de los estudiantes de maestría (eran muy pocas las posibilidades de estudiar maestría en esa época); tenía compañeras enfermeras, abogados, docentes del sistema estatal de 40 o 50 años y yo recién egresada de la licenciatura. Fue una súper experiencia porque además de la formación académica estaba la formación de mis compañeros que eran mucho mayores que yo y que venían de áreas diferentes. Todo eso me enriqueció durante los dos años y dije “indudablemente yo soy humanista”.

¿Cuál es su parte favorita de trabajar en el Centro de Autoacceso de la Facultad de Humanidades?

Me encanta cuando alguien se da cuenta de que gracias al idioma, su proyección profesional, primero, y vital, después, puede ser otra. Lo veo en los ojos de las personas cuando de repente hace clic en “ah, sí, con este nivel que ya tengo puedo hacer esto y aquello” o “ya entendí esto de una cultura anglófona, de una cultura francófona”. Siempre he sido, gracias a mi formación humanista, promotora de las lenguas regionales y me acuerdo muchísimo en la maestría que el director de la Facultad —uno de mis maestros en aquella época— nos explicaba un concepto en lengua náhuatl que no tenía traducción al español. En lengua náhuatl existe un lugar, cuando las almas mueren, en el que se van y ahí se quedan como desintegrándose poco a poco hasta que se convierten en algo más… y esa palabra no existe en español, no hay manera de hacerla casar ni con un paraíso ni con un infierno ni con un purgatorio ni con nada que sea afín en la mentalidad judeocristiana. Eso son las lenguas: abrirte a la idea de que hay otras formas de concebir la vida, la muerte y el mundo. Cuando veo que alguien lo capta en su trabajo aquí y que sale ya con esa herramienta a vivir el mundo, me siento encantada.

¿Qué actividades se realizan en el CAA y quién puede hacer uso de ellas?

Toda la comunidad. Es otra cosa que a mí me ha encantado, que se puede ofrecer servicio a quien esté interesado: trabajadores, estudiantes, administrativos, incluso también al inicio abrí una opción y se aprobó por Consejo de Gobierno, que es la nueva opción de usuario externo, es decir, una persona de la comunidad de Toluca (que no necesariamente sea universitario) puede venir. No es compra, sino como un intercambio. Nos donan un material de un determinado costo y ellos con eso adquieren el derecho a venir un cierto número de sesiones por día. Entonces no hay un manejo de dinero, pero sí se ofrece un servicio y se recibe un material, que además es un material que el Centro requiere, por ejemplo: hojas de colores, CD vírgenes, DVD para quemar películas; los diccionarios de lenguas que no venían por partida de libros así los conseguimos, materiales de preparación de IELTS —que es un examen internacional— los conseguimos a través de un usuario que vino a prepararse conmigo y que yo le dije “perfecto, pero a cambio de la preparación dona los materiales que tú estás utilizando para tu preparación”. Y así se hizo. Entonces fue otra forma también de allegarnos de recursos y de mantener esta cuestión de que somos un área abierta a todo el mundo que tenga un interés por las lenguas.

Además del inglés, ¿en qué otras lenguas se pueden encontrar recursos para estudiar en el CAA?

De francés ya había materiales, pero yo doy las asesorías porque soy la persona que habla francés. En italiano también tenemos materiales, en alemán, náhuatl, otomí, latín y griego. En el caso del latín, cuando tomé aquí un curso ya siendo maestra de Autoacceso y que en un intersemestral lo abrieron, yo me metí y dije “esto lo podemos adaptar perfecto a Autoacceso”. Me hice súper amiga del doctor que era el maestro y de su hija, quien también era maestra y daban la clase juntos (fue una experiencia muy bonita). De griego nunca tomé curso, pero dije “bueno, si lo hicimos con latín, lo podemos hacer con griego”. Tratamos de ofrecer en la medida de lo posible las lenguas regionales, latín, griego y las lenguas de comunicación internacional. Eso causaba sorpresa en los directivos de los centros de Autoacceso —hay una coordinación general— y cuando  planteé que había introducido latín, el coordinador de esa época abría sus ojos enormes y decía “¿Latín, maestra?”, sí, sí, latín. A nuestros alumnos el latín les es sumamente útil y él no lo podía creer porque era licenciado en Lengua Inglesa, entonces su visión a veces se reducía solo a la lengua inglesa. Con los mismos equipos, con las mismas bancas, con los mismos sillones y con la misma infraestructura nosotros podemos ofrecer más de una lengua y la inversión es mínima porque ya solo requerimos materiales. Eso mismo le cambió la perspectiva.

En su opinión, ¿cuáles considera que sean las ventajas de estudiar una lengua distinta al español?

Desde lo más pragmático, puedo leer bibliografía de mi área en esa otra lengua, pero la cuestión es más profunda porque realmente te cambia la percepción del mundo. Cuando tienes la oportunidad incluso de estar inmerso en un contexto donde el español no es la lengua de comunicación, te das cuenta de que es importantísimo poder ver el mundo de otra forma. El español me fascina, siempre he visto el aprendizaje de lenguas como una suma. No es poner a pelear el español con el inglés o con el francés o con el italiano, es sumar toda la parte de percepción y de comprensión. No cabe duda que las lenguas te hacen ver el mundo diferente a través de esas palabras que engloban términos que te son ajenos, y hasta que alguien te las explica ¡bum! Tu mundo se abre y ya lo pudiste también ver así.

¿Cuál ha sido su mejor experiencia relacionada al aprendizaje de una lengua extranjera?

He sido afortunada en ese sentido, gracias a las becas por las que he aplicado (que salí beneficiada) he tenido bonitas experiencias. Una de ellas fue muy significativa. Viví en Mérida, Yucatán, durante varios años y trabajé para la Universidad Autónoma de Yucatán, ahí era maestra de francés de nivel básico y el coordinador de francés me dijo que había una beca para Formación Docente en francés. Apliqué y fue una experiencia hermosa en el sur de Francia; éramos maestros de muchísimas partes del mundo, tenía compañeras de Kazajistán, Letonia, República Checa, Eslovaquia, obviamente las personas que nos daban clases eran franceses o quebequenses. Aquello era un mosaico increíble y para ellas igual era un sueño haber ganado esa beca porque era imposible para su sueldo en la Europa del Este (o acá) poder pagar una formación en Francia de ese nivel. Me compartieron sus experiencias de vida y después de esa formación, que en sí ya había sido enriquecedora, me quedé dos semanas más porque mi avión se tardaba en salir y no había podido conseguir que me trasladaran de regreso a México en cuanto terminara el curso. Entonces me fui a Alemania. Por azares de la vida yo no hablo alemán, así que a una de mis amigas que había hecho allá le dije: “por favor, enséñame alemán de supervivencia, diez frases para que no muera”. Tomé el autobús, atravesé Francia solita en la noche con mi maletona y llegué a Alemania con una amiga que también estaba estudiando ahí. Esa experiencia también fue otra cosa porque ellos iban a un Diplomado de Calidad en el área de Ingeniería Química y ella vivía en una residencia universitaria, pero tenía compañeros de Libia, Siria, Yemen; la lengua con la que nos comunicamos era inglés. Viajé con ellos esa semana en Alemania, como que me adoptaron, yo era ya del grupo árabe. Entonces también la forma de relacionarse fue súper solidaria; se reunían para estudiar alemán en las tardes, además de las clases que tomaban —primero era dominar la lengua y después ya la formación en sus áreas de ingeniería química—. Sus códigos culturales eran muy diferentes y al mismo tiempo te das cuenta que conectas con la parte humana. Nos la pasamos cantando y riendo, era muy bonito. Muchos de los de los hombres que estaban en formación eran altos ejecutivos de compañías en sus países… y como chamaquitos con su backpack al hombro, todos corriendo para pescar el tren. Eran hombres de familia y gente muy respetada, pero volvimos a ser todos estudiantes en esa época. Esa fue una, afortunadamente, pues he tenido oportunidades de otras becas y todas han dejado un aprendizaje muy fuerte, no solo de la cuestión a la que vas, que es la lengua, sino la de aprendizaje humano por la gente con la que la vida te permite interactuar. 

Si tuviera la oportunidad de volver al pasado y conocer a una personalidad del mundo, ¿a quién elegiría y por qué?

Creo que a Van Gogh. Cuando yo era joven me atraían visualmente sus pinturas, pero realmente nunca me puse a investigar de la persona, solo lo que se sabe normalmente, fue en los últimos años que me fui haciendo más sensible a la historia de vida. Me apasiona el arte, porque te humaniza y eso lo debemos de tener muy claro, ya sea a través de la música, la pintura, la poesía, la literatura, la danza, el teatro o cualquier manifestación; te hace potenciar tus cualidades humanas y tu comprensión de lo humano. Me conmovió enormemente conocer más de él, de su vida, y más cuando vi la exposición de Van Gogh Alive. Estábamos en pandemia, yo tenía tres años que no había pisado la Ciudad de México, pero mi papá fue a la exposición y quedó fascinado, “yo los quiero invitar, que ustedes vayan —nos dijo—, aquí están los boletos porque esto no se lo pueden perder”. Entonces fuimos, y ver toda la parte que hicieron del montaje, la música, los recursos multimedia aplicados a la pintura, el momento de la pandemia… Todo se juntó para que yo me diera cuenta de cómo una vida tan triste y con tanto dolor fue transmutada en belleza, cómo esa magia que él logró sigue tocando a millones de seres humanos. Y yo dije “híjole, si este hombre pudiera ver lo que está sucediendo 100 años después”. Quizá me gustaría poder darle un abrazo y decirle que eso que pasó iba a valer la pena.

¿Qué le aconsejaría a los alumnos que quieren aprender una segunda lengua?

¡Qué se lancen! ¡Qué lo hagan! Ya sea en un mini cursito, en algo más formal como CELe o como CILC, pero que lo hagan. No tener miedo a hacerlo porque lo que aprendas, aunque creas que al inicio sea poquito y lo hagas de manera informal, te vas a dar cuenta de que si sigues, si eres constante, que esa fue tu mejor decisión. Todo ese conocimiento te irá dando la base para después, quizá, una cuestión más formal, como tú quieras verlo. He dado clases a personas desde cuatro añitos hasta 74, he tenido toda la gama de edades como alumnos, entonces sé que ese es el factor que normalmente nos detiene. A veces hay alguien que llega y ¡bum! Te empuja, pero a veces la vida te empuja y ahí es más difícil. La experiencia es muy, muy, muy gratificante, no te arrepientes, sea la lengua que sea, sin importar cómo inicies a aprenderla. Eso es algo de lo que uno no se arrepiente, al contrario, te das cuenta de que aunque no tenía todo el tiempo, no tenía todas las herramientas ni el dinero, aun así lo hice. Y cuando volteas, y si te mantienes constante en tu aprendizaje, te darás cuenta de que fue tu mejor decisión.

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