El arte silencioso

Por: Alex Haro Díaz

La literatura se hace en silencio. Esta sentencia, más que una condena o una amenaza, es, tan solo, la realidad más objetiva y honesta que cualquier artista o escritor puede reconocer. Escribimos y creamos obras literarias desde la introspección y el silencio. Y, la mayoría de las veces, los lectores también consumimos dichos textos desde un silencio que coquetea con lo sacro.

La pregunta crucial para el desarrollo de esta bella expresión artística que tanto amamos es, entonces, ¿cómo se logra pasar del silencio que permite la fluidez de las palabras al diálogo que, de forma consciente o no, establecen una y otra vez el lector con el autor a través del puente que es su obra?

Quizá se deba a que, a diferencia del lenguaje oral que está lleno de errores, interrupciones y reparaciones a medio camino, la palabra escrita invita al lector a un tipo de comprensión lingüística mucho más profunda. Un buen lector sabe, o al menos debería de saber, que ciertas obras exigen un nivel de concentración prácticamente absoluto. Cualquiera que haya llevado cursos básicos de educación primaria es capaz de decodificar signos en una hoja de papel; pero no necesariamente todos los humanos alfabetizados logran develar el mensaje que se esconde detrás de las palabras, entre las líneas.

Tal vez sea por eso por lo que escribimos y leemos en silencio: porque es solo en la quietud de la palabra escrita donde, irónicamente, somos capaces de “escuchar” todo lo que el signo lingüístico tiene para decirnos. Como si el oído fuera un sentido reduccionista que nos pusiera un velo en el entendimiento para impedirnos digerir la complejidad del mensaje escuchado, la lectura profunda nos obliga a activar por completo nuestra capacidad perceptiva.

Se escribe en silencio porque es solo en este estado de concentración y “trance” en el que los escritores pueden acercarse a su, casi podríamos decir, divina tarea de configurar una nueva realidad. A través de la escritura, hacemos magia: aparecemos escenarios, personas e imágenes que no existen; devolvemos a la vida seres e ideas que creíamos extintas hace milenios; y, a veces, con la facilidad de una frase bien acomodada, despertamos en decenas de personas una emoción subyacente en lo más profundo del inconsciente colectivo humano.

¿Cómo no vamos a leer, también, en silencio? Solo de esta forma nos podemos acercar al “Olimpo” artístico al que entran los escritores cuando dejan fluir todo el arte a través de sus cuerpos. No por nada, en épocas antiguas, se creía que los artistas que produjeron las grandes obras de la humanidad lo hacían gracias a un “arrebato divino”: el efecto que el arte tiene en nosotros, la capacidad que tiene de recordarnos, por tan solo un minuto, que nuestra especie está destinada a la eternidad no es para menos.

Escribimos y leemos en silencio porque solo a través de él encontramos la voz que nos une como especie… y que Dios me perdone esta contradicción. Pero, como bien lo dijo Jaime Sabines: “todo se hace en silencio, como se hace la luz dentro del ojo”. Esa luz, lo sabemos hace siglos, es la belleza que solo producen las grandes artes.

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