El suspenso o el arte de la eterna promesa

Por: Alex Haro Díaz

Basta con leer dos de mis columnas, o echarse un clavado por mis redes sociales (Alex Haro Díaz – Escritor en Facebook, @HaroDAlex en Twitter y @alexharodi en Instagram), para descubrir que mi más grande afición en la literatura es, sin lugar a dudas, la narrativa de terror. Gracias a este género me enamoré de las letras, descubrí mi pasión en la vida y encaminé mi destino hacia los rumbos que, a la fecha, transito en este mundo. Hoy, en este breve espacio, hablaré de uno de los recursos que más me encanta dentro de esta clase de escritura: el suspenso.

No recuerdo bien quién lo dijo, pero alguna vez escuché que el suspenso es “el arte de mantener una promesa en el espectador durante el mayor tiempo posible”. Qué cierto… y, sin embargo, qué complejo. ¿Cómo mantienes a tu público “enganchado” con una historia cuyo desenlace, gracias a la forma en la que estás contándola, se puede intuir desde el inicio? Como dijo King en una entrevista: “te pagan mucho por descubrir esta clase de respuestas en el arte”.

Alfred Hitchcock, famoso director de cine, lo tenía clarísimo: la clave para el suspenso es hacer partícipe al lector o espectador desde el inicio hasta el final. Y solo los grandes artistas del terror son capaces de mantener este efecto con fuerza y, a la vez, con la elegancia necesarias para que la obra impacte como debería.

Ciertas obras de terror, como Frankenstein o Drácula, lo hicieron a la perfección. ¿Qué persona logra evitar que sus vellos se ericen mientras lee el relato de Jonathan Harker a través de sus aterradores escritos? Hoy en día, cualquier lector que no viva debajo de una piedra y sea mayor a diez años sabe a la perfección quién es el conde Drácula, o al menos se puede hacer una idea, quizá somera pero existente, de cómo es un vampiro. Incluso mucho antes de leer el libro. Por lo tanto, sin siquiera llegar a las partes más “impactantes” de la obra, cualquier persona medianamente suspicaz sería capaz de adivinar lo que va a ocurrir. Y, aún así, el impacto no disminuye cuando por fin la tragedia se desencadena en el desdichado abogado inglés.

El efecto que tiene el suspenso en el lector/espectador, sobre todo cuando es público de terror, es alucinante: toda la emoción que acumula a lo largo del que, parece, un camino eterno de promesas, signos, advertencias e indicios explota cuando puede confirmar o desechar sus hipótesis y su pregunta, finalmente, es contestada.

Sin embargo, crear este efecto demanda una enorme capacidad tanto de estilo como de estructura en las obras, pues necesita que el artista sea plenamente consciente del universo de su historia desde todas las perspectivas: como el creador, personaje, lector, corrector y testigo. Una vez que consigue eso, el artista puede colocarse en su trono y lanzar pequeñas migajas a los humildes Hanzel y Gretel de su público para llevarlos a la casa de la bruja en la que, gustosamente, serán devorados.

¡Larga vida a estos creadores y artistas! Pues sin ellos las obras de arte carecerían de la intriga necesaria para mantenernos al borde del asiento consumiendo, endemoniados, lo que queda de nuestras uñas.

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