El inconstante progreso lector

Por: Alex Haro Díaz

Al ser la primera columna del 2023, es muy complicado para mí dejar pasar la oportunidad de la temática del año nuevo. En especial porque muchas personas utilizan como “pretexto” estas celebraciones para establecer propósitos lectores, ya sea comenzar con el hábito o desarrollarlo a su máximo potencial. Sobre la primera temática tengo varias columnas escritas, por lo que me interesa enfocarme en la segunda, principalmente en los “baches” en los que puede caer un lector a lo largo del camino.

Yo mismo he dicho y escrito, en varias ocasiones, que la literatura es como una enorme red donde todos los textos están conectados, de una u otra forma. Por lo tanto, es muy común que, tras leer a un autor o una obra, llegues “por inercia” a otro. Ese fue mi caso: después de leer muchos, pero muchos libros de Stephen King me terminé hartando, como lo haría cualquiera después de comer lo mismo por varios días, sin importar qué platillo sea. Tras una breve búsqueda en internet, “encontré” influenzas de King que podía leer. Desde las más obvias y conocidas hasta para los no lectores, como Shelley con su Frankenstein o Stoker y su Drácula; hasta algunos autores que, de otra forma, jamás habría encontrado, como Richard Matheson.

Ese, evidentemente, sería mi primer consejo para los lectores que “caen en un bache”, es decir, para aquellos que ya tienen un buen hábito de lectura, bien desarrollado, pero que no encuentran con qué obra o autor continuar. Al final del día, y como todo literato sabe tras recibir la eterna e infalible solicitud de “recomiéndame un libro”, no hay nada mejor que usar tus gustos como punto de partida al elegir algo nuevo.

Sin embargo, puede darse el caso de que ni usándote a ti mismo de consejero puedas hallar con qué continuar tu camino lector, para lo cual mi mejor consejo es dejarte enamorar por el ambiente de una librería. Yo sé, yo sé, mucha gente hoy en día lee más en dispositivos digitales que en físico. Ya sea por razones económicas, ecológicas o de confort y accesibilidad, la tecnología no deja de ganar terreno en la “batalla” contra el papel.

No obstante, los libros físicos y la atmósfera de una librería tienen algo especial, muy cercano a la magia que experimentamos como seres humanos al enamorarnos de una persona o un lugar. Desde que entras al establecimiento y hueles el papel, hasta que estás perdido en medio de grandes pasillos con estantes rodeándote por todos lados, la experiencia es simplemente maravillosa y, sin miedo a equivocarme, es absolutamente irremplazable. Los lectores en las librerías somos como niños en una juguetería. Y, como los productores de Disney saben muy bien, nada le gana a la nostalgia.

Ojo, y antes de que me acusen de privilegio blanco, que sin dudas tengo, necesito aclarar algo antes de finalizar: por librería no me refiero necesariamente a un lugar caro donde todos los libros son nuevos y costosos. Insisto, no necesariamente. En bazares de libros y librerías de segunda mano, o “del viejo” como les decimos en México, puedes encontrar joyas, pero joyas verdaderas, a precios tan accesibles como veinte, quince, diez o, incluso, hasta cinco pesos.

Lo importante es recordar que, como en todo camino, el proceso en el desarrollo lector no siempre será lineal. Al igual que en la vida, es posible tener “altibajos”, malas rachas, periodos de transición, metamorfosis y, por qué no, hasta descansos y vacaciones. Borges lo tenía clarísimo: “la lectura debe ser una forma de felicidad”.  Y, para bien o para mal, la felicidad no puede ser eterna… ni obligatoria.

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