El terror y la violencia

Por: Alex Haro Díaz

Al hablar con mis alumnos acerca de obras románticas plagadas de terror y violencia, como Drácula, en literatura, o La balsa de la medusa, en pintura, noté que un fenómeno se ha ido agudizando con el paso de los años: la completa y absoluta desensibilización por parte de las “nuevas generaciones” hacia lo que, en otrora, consideraríamos contenido “fuerte”. Si bien el origen de esta problemática es complejo, y requiere una entrada propia a esta columna, el resultado es innegable: cada vez resulta más asustar e impresionar a las personas, sobre todo en un contexto político, cultural y social como el nuestro, donde conviven con violencia todo el tiempo. Pero, ¿qué implicaciones tiene esto para el terror, tanto para los creadores como para los consumidores?

Hasta hace no muchos años, las películas de terror no necesitaban de grandes recursos tecnológicos para generar el efecto deseado en su audiencia. Inclusive, el género del horror es uno de los que “peor envejece” en el cine; basta con ver alguna película de los años setenta o sesenta del siglo anterior para confirmar lo anterior.

No obstante, con la perenne intromisión de las tecnologías a los hogares, y los enormes recursos que pueden aportar a experiencias audiovisuales, el cine del terror ha tenido que ir “refinando” sus procesos en efectos tanto de sonido como visuales. Y, si bien podría parecer que esto solo ayudaría a crear mejores productos, también es un hecho que ha convertido a gran número de escritores y directores en oportunistas dispuestos a recaer una y mil veces en el aprovechamiento de cualquier técnica para lograr el “susto”.

Ejemplo perfecto de esto son la aparición y propagación de los screamers y el gore. Tanto el primero, que recae en el sonido, como el segundo, que necesita de lo visual, pueden, al ser usados de forma excesiva, convertir una película con potencial en, simple y llanamente, “una más del montón”. 

Esto puede ser muy similar a la comedia escatológica. Si bien esta tiene un carácter disruptivo y es altamente efectiva, cuando se usa sin reparo puede evidenciar una enorme falta de capacidad y creatividad por parte del comediante. Piénsenlo de esta forma: si la única forma que tengo para hacerte a ti es recurrir a chistes de fluidos que apelan a los más primitivo y simplón de tu humor, ¿qué tanto de tu risa se debe verdaderamente a mí, y qué tanto es una reacción natural y simplista de tus instintos?

Me parece que lo mismo puede llegar a ocurrir con el terror, y cada día lo vemos más. Hoy, es más probable que una persona joven no se asuste con alguna película de terror psicológico, como Get out! (altamente recomendada), pues carece de violencia explícita. Por otro lado, el género del gore, es decir, el género de películas con una abundancia de escenas violentas severamente explícitas adquiere más y más adeptos.

Sin embargo, creo que vale la pena hacerse la pregunta, ¿de verdad esas películas nos causan miedo por su calidad narrativa, o solamente reaccionamos a ellas pues apelan a nuestros instintos de supervivencia más básicos? La verdad es que, aunque nos duela, si hacemos un análisis profundo de estas nuevas creaciones podríamos descubrir que, muchas veces, lo único terrorífico que presentan es la sangre.

Esta “revolución” del terror no debe ser tomada a la ligera, pues, si continuamos con esta desensibilización y, por ende, en una busca eterna de violencia por el puro gusto de la violencia así, corremos el riesgo de simplificar al absoluto más puro el fino arte de causar un susto real.

El terror, al humilde parecer de un servidor, debería apelar a una profunda reflexión psicológica y filosófica que resulta en el terrible autodescubrimiento de la audiencia, como lo han hecho grandes creadores en el pasado. Estas nuevas historias cargadas de violencia sin sentido carecen de eso. Carecen de sustancia, y les sobran reflectores. Básicamente, son como un tecolote: “mucha pluma, poca carne”.

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