Ensayo: entre literatura y filosofía

Por: Alex Haro Díaz

Por lo general, cuando un par de lectores se conocen, una de las primeras preguntas que se formulan es: ¿cuál es tu género favorito? Y, de igual manera, casi siempre las respuestas varían entre dos vertientes: poesía y narrativa. Sí, algunas ocasiones llegas a oír al género dramático, pero, en la enorme mayoría de los casos, se trata de alguna persona con intereses fuertes de estudiar una carrera relacionada con las artes escénicas.

Sin embargo, es muy extraño, o al menos en experiencia de un servidor, conocer a alguien que elija como género favorito el ensayo. Consideren esta breve columna como una defensa muy merecida para este tipo de texto literario.

A ver, vayamos al grano: lo mejor que tiene para ofrecer el ensayo es la capacidad de los artistas de poder fusionar en un solo texto lo mejor de la literatura y lo mejor de la filosofía. Varios autores, cuyos nombres me tardaría meses en enlistar si me lo propongo, fueron capaces de convertir a sus obras en un mar de belleza comparable al Caribe; donde el color lo otorga la filosofía y el fondo, y el oleaje y el sonido lo dan la literatura y la forma.

Ejemplo perfecto de esta fusión es Umberto Eco. Tras leer El nombre de la rosa, uno pensaría que el escritor italiano jamás podría superarse… y tal vez sea cierto, puesto que su novela se ha convertido, en muy poco tiempo, en un pilar fundamental de la literatura universal. Sin embargo, hay cierto placer extraño y reconfortante en leer los ensayos de Eco.

En obras como Confesiones de un joven novelista o Sobre literatura, el lector habituado a Eco podrá encontrar el talento y la profundidad de la pluma del genio italiano. Pero, al mismo tiempo, podrá conocer una faceta totalmente diferente de este escritor. Leer los ensayos de Umberto Eco es como asistir a una extraña mezcla de una conferencia con una plática de amigos; es decir, muy similar a escuchar a alguien muy cercano a ti tocar un tema del cual sabe muchísimo con una soltura y dulzura magistrales. Y esto es, apenas, un simple ejemplo de lo que un gran escritor de ensayos puede hacer.

Caso distinto es leer a Octavio Paz que, si bien su calidad humana es muy discutible, por no decir algo peor, su capacidad artística era absolutamente magistral. Y, como he dicho a todas las personas con las que he podido hablar del tema, creo que debería ser una obligación para los mexicanos leer, por lo menos una vez en la vida, El laberinto de la soledad.

Ojo, no me malentiendan, cualquier individuo del mundo podría leer esta maravillosa obra y quedar asombrado de la forma tan perfecta en la que escribe Paz. Pero, si para un latino este libro tendría una significación muy diferente, mucho más para un mexicano. Leer El laberinto de la soledad es para cualquier compatriota la oportunidad perfecta de confrontarse con un espejo de palabras hermosas. Solo que, mucho cuidado: al igual que el mejor de los espejos, el libro del ganador del Nobel nos muestra lo mejor y lo peor de nosotros. Y la verdad no siempre es muy bien recibida.

En fin, podría seguir dando ejemplos impresionantes sobre grandes escritores de ensayos: Alfonso Reyes, Hugo Hiriart e, incluso, Roland Barthes y otros magistrales teóricos literarios. Para resumir, entonces, que estos dos ejemplos sirvan de muestra y señal de ánimo para usted, buen lector. La próxima vez que vayas a una librería, no dudes en darte una vuelta por la sección marcada como “Ensayo”. Solo los dioses de la literatura sabrán qué joya te estará esperando.

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